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14 de mayo de 2014

Medicina, ¡se termina!

Todo empezó el 17 de septiembre de 2008, y aun me acuerdo hasta de la ropa que usé ese día. Llegar a la facultad, ver a toda esa gente nueva con la que intuía que pasaría mucho tiempo, y pensar acojonado lo que se venía encima. Entré con ganas y sin saber muy bien dónde me metía. Nunca se me había pasado por la cabeza ."¿Medicina? ¿Yo? No sé, no lo veo...". El número 218 se escribió prácticamente solo en la preinscripción de la matrícula, y sin pensarlo más de dos veces para no echarme atrás. "Ya está, no hay vuelta atrás".

Desde el primer día me di cuenta de las dificultades que iban apareciendo, haciendo que cada asignatura se mostrase cuesta arriba. Y los comentarios de los mayores no nos ayudaban mucho "Bioquímica es muy difícil, y Biología...¡Buah! solamente apruebas si amplias los apuntes con el Alberts". Yo, que siempre había sido de dejar las cosas hasta el último momento, empecé a verlo todo demasiado negro. Llegaron los primeros exámenes y con ellos los primeros suspensos que hemos tenido la mayoría de nosotros. Digan lo que digan, la primera vez, duele. Nosotros, los empollones y repelentes de todos los colegios reunidos en una clase, los que nunca suspendían. Ahí nos tenían, pringando y recibiendo una cura de humildad de la que también se aprendió algo... Y al final, con esfuerzo y un verano de estudio de por medio, salimos adelante...

La temida Anatomía II se nos puso por delante para no hacer otra cosa que perturbar nuestros sueños. Volvemos a los comentarios de los "experimentados": "Las notas de Anato salen en un post-it y solamente apruebas cuatro elegidos por Gracia Divina". Desde ahí hasta el final del curso, solamente recuerdo cómo mi nariz iba perdiendo el olfato a medida que el formaldehído se iba haciendo parte de mi, o cómo soñaba con las disecciones, o lo que era llegar recién desayunado a las 9.00h. para meter las manos en las tripas de un cadáver... Y agobio. Mucho agobio. "Si suspendes el segundo cuatri vuelves a presentarte de todo en septiembre". Más agobio. "Me dejo todo lo demás, pero yo esto lo apruebo por mis pelotas". Al final el post-it no era tan post-it, como le prometí a mis testículos, me olvidé de todo lo aprendido nada más salir de la sala de disección con el aprobado bajo el brazo.

El 14 de Octubre de 2010 se nos abría un nuevo lugar asociado a la facultad: El Hospital. Tras un sorteo de todo menos pacífico, logramos hacernos un hueco cada uno de nosotros en uno de los hospitales. "¿Verdad? No vaya a ser que no hubiese plazas para todos...". Pasa por Marban, compra tu primer fonendoscopio y ¡Ojo! Elije bien el color, no vaya a ser que te arrepientas. Llegas a casa, inocente de ti y tu familia te dice que lo uses. "¿Hola? Sólo sé que esto se pone en las orejas y esto en tu pecho". A partir de aquí todo fue crecer. El nombre de aquel primer paciente, Nicolás, que fue el primero en contribuir de forma activa a enseñarme a auscultar, tocar un tripa, palpar los pulsos y hacer toda clase de perrerías que anunciaba entrando en la habitación con el tan utilizado "Hola, soy un estudiante de Medicina y vengo a hacerte unas preguntas...". Las primeras veces de todo. El primer paciente que se va de alta con la sonrisa puesta en la cara, y el primero que terminas dejando que descanse tranquilo... Empiezas a ser consciente de qué signifca ser médico.

Después de mucho estudio, los exámenes del tercer curso, los casos imposibles, el Mieloma Múltiple, el suspendo de Microbiología, otro verano más estudiando... Depués de todo eso, dimos un giro de 180º para colocarnos definitivamente en el hospital. Y empezamos a entrar de lleno. La impresión de la primera cirugía con conexión extracorpórea, y el aburrimiento a partir de la segunda. El primer día en Pediatría, que ya me dejó claro que volvería por ahí. El primer parto en Gine, y el segundo, y el tercero... La planta de neumo y los trasplantados pulmonares. La sala de Hemodinámica y la Unidad de Arritmias... Anatomía de Grey se quedaba corto. Pasamos a quinto y volvemos a toparnos con un hueso duro de roer pero que, habiendo aprendido en años anteriores a manejar el agobio y la incertidumbre, logramos morder y dejarlo a un lado. Eso sí, sin dejar de odiar a nuestros compañeros que se exiliaron a la vida Erasmus.

Y por último, llegamos a sexto. "Ya está hecho", nos dijeron. Y volvimos a disfrutar. De las prácticas como un residente 0. De hacer evolutivos, formar parte activa del equipo e involucrarte en el Servicio. De ir y rotar, y nada más. De llegar a casa sabiendo que algo habías podido hacer y que empezabas a manejarte con cierta soltura después de los tres años anteriores. De saber que estabas medio preparado para terminar.

Sin embargo, empezamos a sentir el vértigo. De ver el final tan cerca o de saber que dentro de poco será algo más que un "juego". De darnos cuenta de que los meses iban corriendo y detrás de esto viene el MIR. De despedirnos de un hospital que ha sido como una segunda casa para la mayoría de nosotros. De decir adiós al personal y compañeros que hemos ido conociendo a lo largo de estos años. De ver que no nos daba tiempo a hacer todas las cosas que queremos hacer antes de terminar.

Y así hasta el 12 de mayo de 2014, cuando un grupo de chicos y chicas, entrabamos en un aula como estudiantes de medicina para hacer el último examen, y salíamos de ese mismo aula como médicos. Y fue así como después de años siendo testigo de que "Medicina, ¡se termina!", pasamos a ser los protagonistas, y dejamos constancia de que para terminar esta carrera no hace falta ser sólo un superhéroe, sino que hay que tener la picardía de un pirata para sacarlo adelante y la paz interior para no volverse loco a destiempo, sin olvidarnos además de manejar la dulzura de una princesa para no mandarlo todo al traste cuando las cosas salen del revés en el primer intento.


            

Enhorabuena, doctores/as.




A. 




29 de abril de 2014

Requiem por "el estudiante"

Hoy me siento delante del ordenador y me pongo a buscar palabras que definan como me siento. Me paro a pensar, y la verdad es que no encuentro ninguna que defina con exactitud lo que me produce pensar que mañana será mi último día como estudiante en el hospital.

Por una parte me produce una alegría desmesurada ponerle fin a la etapa como estudiante, que me ha proporcionado la base para poder seguir construyendo en los años que vienen por delante. Me alegra pensar en lo que viene después. Me alegra imaginar que desde mañana ya no seré "el estudiante de cuarto/quinto/sexto que viene a hacer prácticas". Me alegra saber qué es lo que quiero hacer y cómo quiero hacerlo el día de mañana. Me excita pensar que, dentro de un año aproximadamente, sere yo quien esté al otro lado, aprendiendo de un modo similar y diferente al mismo tiempo.

Por otra parte, sin embargo, me entristece pensar en lo que estoy cerrando. Me entristece pensar que será la última vez que compartiré los desayunos de media mañana con los compañeros de siempre. Me entristece abandonar el hospital en el que hice mis "primeros pinitos". Me entristece dejar atrás a la gente que confío en mí por primera vez. Me entristece decirle adiós a la cómoda vida de estudiante, en la que tienes la seguridad de estar amparado en todo momento bajo la protección de un mayor.

Posiblemente esté parco en palabras, pero como ya dije al principio, encontrar el modo adecuado para despedirse de algo nunca es fácil. Solamente me quedo con el pensamiento de pensar que gracias a todo lo que dejo detrás, podré llegar a ser lo que quiero en un futuro inmediato.





Hasta pronto, CPH.


A.

10 de marzo de 2014

Rotando por la UCIP

La semana pasada terminé la primera de mis rotaciones optativas de este último curso. Con esa rotación y las dos que me quedan, pondré punto y final a mis prácticas en el hospital como estudiante, y qué mejor manera de concluir que eligiendo en qué servicio hacerlo. Y como siempre que se da la opción de elegir, cuando ya has decidido dónde hacer las prácticas te planteas "¿Habré elegido bien? A ver si para tres rotaciones que puedo elegir voy y la cago..."

Yo por mi parte lo tengo claro. Sé que especialidad me gusta. Sé cual es mi primera opción y pienso aprovechar estas últimas rotaciones para disfrutar plenamente. Ahora bien, en la Pediatría hay muchos servicios para elegir y muchas unidades en las que pararse a echar un ojo. Sin embargo, creo que debo ir a un sitio donde conozca a la gente y ellos me conozcan a mi, y de esa manera aprovechar al máximo el tiempo, evitándome los típicos días de toma de contacto. Lo decido con semanas de antelación y me presento de nuevo ahí, en mi querida UCI Pediátrica del Niño Jesús.

Empiezo con muchas ganas y la verdad es que cada mañana que voy por allí salgo con la misma sensación con la que salía en el verano. No me he equivocado. Me enseñan todo lo posible y veo casos muy variados. Unos van bien y otros no tanto. Unos se van a la planta y otros no. Unos salen adelante y otro, por desgracia, no tienen esa suerte. Unos vienen a agradecer lo que se ha hecho por ellos y los otros, también.

A lo largo de las cuatro semanas que estoy en el servicio, entro a formar parte de las historias que allí se cuecen. Historias que cuentan como un niño de menos de metro y medio entra por la puerta del hospital con un dolor de tripa tontorrón, y no sale desde entonces porque se está tratando del linfoma que le llevó hasta allí. O historias como la de ese niño, que no llega al medio año de vida y que no para de convulsionar desesperadamente esperando que alguien dé con la clave. O historias como las de aquella niña que un día se cayó accidentalmente y que desde entonces y en adelante no volverá a jugar con esas amigas que le recuerdan, a modo de dibujos, lo mucho que la echan de menos. Esa clase de historias de las que es imposible no entrar a formar parte.

Y en todas ellas, unos padres y unas madres. Y cada padre o madre, con su historia.

Siempre que le comento a alguien la idea de hacer Pediatría, aparte del típico "Oh, ¡Qué mono!" que me quita las ganas de vivir, decide compartir conmigo un secreto del que se cree custodio y que por lo que parece, todo el mundo desconoce. Y es que los niños, ¡Tienen padres! Gracias, en serio. Pero aun con esta revelación, sigo convencido de que es lo que me gusta, y mucho más después de conocer historias con este grado de complejidad. Porque, ¿Qué madre no estaría a la defensiva si ve que la medicina que se le da a su hijo no hace otra cosa que desnutrirlo, dejalo calvo, que vomite, que se le hagan heridas en la boca, que sangre por el intestino...?. Ella no ve cómo el tumor se va haciendo cada día más pequeño, y solamente puede confiar en el equipo de médicos y enfermeros, pero eso no quita que saque las uñas por un hijo que está algo más que indefenso. Me parece algo natural y en mi opinión, completamente perdonable.

Gracias, de verdad. No solamente a los médicos, por todo el empeño en hacerme sentir como en casa. Ni tampoco a los niños, por dejarme aprender directamente de ellos sin darse cuenta. Gracias, sobre todo a unos padres, que día tras día, me han enseñado la fuerza que puede tener una persona cuando lo más importante de su vida corre un peligro que ni ellos mismos sospechan...


A.

11 de febrero de 2014

Rotando por Atención Primaria

Como ya dije en una entrada anterior, este último curso de la carrera, en la Autónoma, tenemos una rotación obligatoria por el centro de salud para poder hacernos una idea de cómo es la Atención Primaria en nuestro país. Creo que la idea no es mala, ya que los estudiantes, que prácticamente realizamos todas nuestras prácticas en hospitales de tercer nivel, no tenemos una idea mucho más definida que cualquier paciente que pueda pasar por el centro de salud para ver a su médico de cabecera.

La rotación se organiza durante tres semanas, en las cuales se pretende que pasemos por las diferentes secciones del centro de salud (medicina de familia, pediatría, extracciones, urgencias, atención domiciliaria...). A priori, se nos asigna un tutor en un centro de salud adscrito a la universidad y luego, una vez dentro del ambulatorio, vamos pasando por los sitios donde se pueda.

Desde que empecé la carrera, nunca me he sentido atraído por la Atención Primaria, y esta rotación no ha hecho más que confirmarme que prefiero con creces la atención del hospital. Como en todo, ha tenido sus puntos favorables y sus puntos desfavorables desde mi punto de vista, pero en mi caso que me gusta mucho el paciente agudo, el centro de salud me ha terminado pareciendo bastante aburrido.

Empecé rotando en Medicina de Familia, viendo pacientes tanto jóvenes como mayores, aquejados tanto de patologías crónicas que requerían control (HTA, DM, IRC...) como de patologías agudas (faringoamigdalitis, sinusitis, gripe, esguinces...). La verdad es que he visto una consulta variada, en la que si tengo que destacar algo que me ha llamado la atención, ha sido la cantidad de pacientes que acuden en busca de que alguien les escuche. Muchos de ellos, aparte de requerir medicación ansiolítica o antidepresiva, lo que verdaderamente venían demandando era una persona a la que contarle que su relación de pareja no estaba pasando por su mejor momento, o que su trabajo estaba empezando a afectar su vida personal, o que los problemas económicos le tenían agarrado por el cuello... Me ha parecido que el papel del médico iba más allá de lo puramente médico. Llegaba a meterse verdaderamente en la familia, conociendo completamente su estructura y situación, con todo lo que ello conlleva. Tanto lo bueno, como lo malo.

Personalmente me ha parecido una consulta bonita desde el punto de vista humano. Pero mirándolo desde el punto de vista científico, y atendiendo a mis gustos en el paciente agudo grave, he echado de menos el "aquí y ahora". Se ve mucha más patología de la que en realidad creía, pero bien es verdad que aun así, sigo viéndolo con poca acción para mi gusto.

Después de las dos primeras semanas con el médico de familia, pase la última semana en la sección de Pediatría. Como ya he dicho en anteriores ocasiones, es La especialidad que me apasiona, por lo que tenía muchas ganas de conocer la salida laboral más asequible después de terminar la residencia, que no es otra que el ambulatorio. Entré con miedo sabiendo que podía llegar a hacerme dudar otra vez sobre si era o no la especialidad que yo tengo tan clara, y aunque no me ha apasionado la visión del centro de salud, no me ha quitado la idea de terminar haciéndola.

Otra vez, es una consulta variada, en la que se ve sobre todo patología infecciosa (en su mayoría patología "banal", no os voy a engañar) y osteoarticular. Además, he conocido lo que siempre me había mencionado como "El control del niño sano". La idea que me llevo es que consiste en hacer una vigilancia longitudinal del proceso de maduración del niño, viendo si crece o no crece, si gana peso o no, si tiene un correcto desarrollo psicomotor o por el contrario se estanca en algún momento, y sobre todo llevar a cabo la vacunación. Puede parecer una "medicalización de un proceso normal", pero yo prefiero enfocarlo como un estudio detallado del niño que permite detectar de manera temprana, y ponerle solución, cualquier proceso que pueda comprometer su maduración y desarrollo. En definitiva, ha sido entretenido ver la relación del pediatra con niños que conoce (algo que en el hospital es más difícil) y con las temidas madres. En este caso, lo que más me ha llamado la atención, es lo diferente que es la actitud de los padres con el pediatra de atención primaria respecto a los del hospital, ya que en el primero depositan por lo general bastante confianza, mientras que el segundo es un tío/tía con bata blanca que aparece en un momento de estrés para ellos, y que es un completo desconocido que se va a hacer cargo de su "cachorro".

Como conclusión, solo puedo decir que, a pesar de que se me ha hecho una rotación larga y a mi gusto un poco coñazo
, es una rotación necesaria en la formación de todo médico. No solamente por aportar un punto de vista que para alguien puede resultar tremendamente atractivo, sino porque además nos ayuda a hacernos una idea a todos de cómo funciona la otra cara de la moneda y de a qué se enfrentan en otros escenarios diferentes al hospital.


A.

31 de enero de 2014

La suerte de tu esfuerzo

Ya está. Ya lo has hecho prácticamente todo. Después de ocho intensos meses de estudio, puedes cerrar el último manual y saber que mañana te levantarás y no tendrás que hacer nada más que templar los nervios. Lo has hecho, y muy bien.

Seguramente empezaste este camino sin saber a donde te llevaría. No hablo del MIR, sino de la medicina. Comenzó en 2007, hace algo más de seis años. Aun no te conocía, pero sabiendo como eres ahora, estoy seguro de que llegarías ilusionada a tu primer día de universidad, nerviosa, esperando qué es lo que te ibas a encontrar. Empezaste con fuerza y con ganas, sabiendo que las cosas no siempre saldrían bien a la primera, pero que finalmente todo iba a ir bien. Tu constancia y tu esfuerzo te hicieron dejar atrás los cursos de la carrera uno tras otro, y ya entonces empezaste a oír hablar de un tal MIR. "Queda mucho" pensarías. "No veo que vaya a llegar nunca". Llegaste a tus años clínicos y te encontraste con lo bonito de la carrera. Los pacientes, mayores y pequeños; las prácticas del hospital, conocer diferentes servicios y muchísima gente con la que te has cruzado a lo largo de estos años... Empezaste a disfrutar del estudio sin darte cuenta de que, muy poco a poco, el tiempo pasaba como sin llamar la atención, para terminar llevándote al último curso de la carrera. Y así, sin darte cuenta, llegaste hasta sexto ¡Que mayor!.

Empezaste la academia como un juego. Sabías que el examen se acercaba, pero aun estaba muy lejos, por lo que decidiste no mirar al MIR a la cara y seguir centrándote en otras cosas, que es lo que tocaba hacer por aquel entonces. Terminaste sexto y te licenciaste. Todos los que estábamos a tu alrededor estábamos orgullosos de ver hasta donde habías llegado. Los que te han acompañado toda la vida y los que, como yo, tuvimos el placer de encontrarte en el camino. Tu esfuerzo, tus ganas y tu sacrificio se vieron recompensados y tenías tu título en la mano ¡Eres médico!

Después llegó El verano. Ese temido verano que todos tarde o temprano decidimos cruzar. El verano del estudio. El verano del MIR. El verano en el que pones en orden tus prioridades, y eliges qué camino vas a tomar ahora que has cerrado el primer nivel del juego. Tu prioridad: hacer el MIR y especializarte. Y para ello, una vez más, haces acopio de ganas y esfuerzo y te pones a estudiar cuando lo lógico sería celebrar tu título y tu esfuerzo ¡Menuda campeona!

Pasas un verano duro, dándole la segunda vuelta a un temario que resulta por partes familiar y por otras no tanto, imagino. Haces simulacros, los corriges y vas viendo como el esfuerzo da sus frutos y recoges las netas que has ido sembrando. Cuántas veces nos habrán hablado de percentiles a lo largo de la carrera y qué poco nos importan hasta que llega este momento, ¿verdad?. Empiezas la tercera vuelta algo nerviosa. Es ahora cuando se supone que vas a ver los resultados de tu trabajo durante el verano, sabiendo que solamente queda darle un par de repasos al temario. Sigues con entereza y tiras hacia delante.

Se acercan las Navidades, y donde todo el mundo ve una época de relajación y festejo, tú sólo ves lo cerca que estás de aquello que empezó a sonar a medio camino. Se acerca el día D. "¿Lo habré hecho bien?", te preguntas. Dejas atrás el año 2013 y la tercera vuelta y empiezas con el sprint de los últimos 25 días. Una cuarta vuelta plagada de cosas que hacer y acompañada de mucha incertidumbre. Se acerca poco a poco el temido día y ves es final del juego demasiado cerca. Por una parte sientes ganas y por otras pánico. Te dicen "ya queda menos" y no sabes si eso es bueno o es malo. Y de esa forma llegamos hasta aquí, el momento de cerrar el último manual y respirar profundamente sabiendo que ya está.

Solamente me queda desearte toda la suerte del mundo, aunque la suerte sólo hace falta cuando no se cuenta con más apoyo. Tú cuentas con el apoyo de tu esfuerzo, de tu sacrificio, y de tus ganas de sacar adelante todo lo que te has propuesto a lo largo de estos últimos meses. Cuentas con el apoyo de toda la gente que estamos detrás de ti, que confiamos en ti y que sabemos que mañana llegarás al examen y lo harás lo mejor que sabes para, en un par de meses, elegir esa plaza que pondrá fin a un largo proceso en el que has peleado como una auténtica campeona por convertirte en la médico que quieres ser.



A.

14 de enero de 2014

La gran enemiga

Creo no equivocarme si digo que todos los estudiantes tenemos siempre una asignatura que odiamos. Una asignatura que parece que nunca va a desaparecer. Aquella que recordamos con miedo y de la que oir sólo su nombre nos pone los pelos de punta. En mi caso lo tengo claro: Bioquimica.

Nuestra historia comienza en 2008. Yo, un apasionado de la Biología de segundo de bachillerato, entraba en Medicina sabiendo que los primeros cursos eran de "ciencias básicas", entre las que se incluía Ella. La ilusión me cegaba la razón y yo empezaba las clases con el ánimo de disfrutar de una asignatura interesante, creyendo que iba a ser lo más "médico" que fuese a estudiar durante el primer cuatrimestre. La docencia creo recordar que no empezó mal, pero a medida que evolucionaba y un señor que convivió con especies ya extinguidas, me contaba que una mitocondria era como una sandía, la cosa se empezó a poner fea.

Nuestro amor duró lo que tardé en entrar en Su laboratorio. Las prácticas durante el primer curso duraban una media de 4 horas, por lo que entramos en una monotonía que apagó la llama que no se podría volver a encender ni con el mechero Bunsen. Desde ahí fue un declive, escalón a escalón. No entendía nada. No había forma de comprender por qué tanta información, tan inconexa, tan específica... Nunca entendí todas las pruebas y test de laboratorio que me obligó a hacer. Nunca entendí por qué me trató tan mal cuando yo verdaderamente estaba por la labor de darle toda mi entrega.

Llegó el momento de examinarse, y tras unas Navidades en las que aprendí lo que era estudiar de verdad,  decidí que lo mejor era tomarse un tiempo entre nosotros y poner distancia de por medio. Decidí que mejor en septiembre. Visto a posteriori me parece una mala opción, porque si tenía la esperanza de que el calor veraniego avivara nuestra llama, estaba completamente confundido. Llega el examen de recuperación y conseguimos llegar a un aprobado de mutuo acuerdo.

No contento con haber tenido que sufrir su continua presencia durante los dos cuatrimestres de primero, llega el segundo año y vuelve a por mi. No me encuentro preparado para este reencuentro, por lo que las cosas salen mal y volvemos a tener nuestra historia de verano. Sin embargo, sabiendo que es el último año puramente preclínico, olvidamos nuestras diferencias y nos dejamos aparcados el uno al otro. Parece que ya está, y seguramente en condiciones normales sería así, pero mi universidad tiene establecido que volveremos a vernos las caras en sexto curso. Acabo de terminar el segundo curso y veo tan lejos sexto que ni me preocupa volver a tener que vernos. Seguramente cuando llegue el momento, estaré preparado y actuaré con la madurez suficiente con la que actúan los adultos hechos y derechos cuando se encuentran con antiguas parejas. Pensé.

Y una vez más, pensé mal.


Llega este año: sexto. El temido reencuentro se presenta de manera súbita tras mucho tiempo desde la última vez. Voy tranquilo y sin prejuicios, sabiendo que Su presencia ya no tiene por qué incomodarme. Con la de cosas que tengo que hacer este primer cuatrimestre, más a nivel personal que académico, decido que nuestros encuentros serán esporádicos, y más bien pocos. Terminan Sus clases y y solamente queda Su examen. Ahora vuelve el tembleque.

Se me había olvidado el odio que la tengo y la repugnancia de su presencia. El ambiente se vuelve enrarecido cuando ella está delante. Me hace sentir incapaz de conseguirlo. Me hace dudar de mi mismo y me trae recuerdos más bien amargos sobre mi índice de suspendos a principios de la carrera. Me provoca náusea pensar que, por culpa de cuatro científicos descerebrados, tengo que estudiarme tropecientos factores de transcripción y otros tantos mecanismos de regulación de la expresión del genoma humano para saber qué coño es la diabetes y cómo funciona a nivel bioquímico. Aun así, hago de tripas corazón y lo intento, procurando no alargar más el día en el que, por fín, no vuelva a saber de Ella.

Hoy, día 14 de enero de 2014, he tenido Su examen. La verdad es que nos hemos comportado con madurez. Yo por mi parte, estudiante de último año, creo haber cogido maña en esto de examinarme, y he aprendido de errores anteriores. Ella, por la suya, ha estado bastante comedida. No ha tenido salidas de tono como en encuentros anteriores, o por lo menos no tantas. Creo, y espero, que esta sea la última vez que tengamos que vernos las caras.


A.


10 de enero de 2014

El tamaño no importa

Otro examen más u otro menos, según se mire. Y es que, con bastante suerte, solamente quedarán otros cuatro exámenes para terminar esta carrera que, sabes cuando empieza, pero que parece que nunca acaba.

El examen de hoy, en otro alarde de la Universidad Autónoma de Madrid por creerse diferente, constaba de cuatro asignaturas completamente diferentes en un único examen. Desde el temario de las Enfermedades Infecciosas, el grueso principal del examen, hasta otras tan variadas como Oncología, Geriatría y Toxicología. El sentido de que estén evaluadas todas juntas bajo una única calificación sigo sin entenderlo, así que si algún bienaventurado da con ello que me lo haga saber.

Por partes, Infecciosas era el 50% del examen, siendo el resto de las especialidades muy minoritarias de forma individual (Oncología 20%, Geriatría 20% y Toxicología 10%). Si unimos estos porcentajes, prefijados en la convocatoria del examen, a la falta de tiempo material para recuperar el poco trabajo realizado durante el cuatrimestre, decidí plantearme la asignatura como un "ensayo MIR" en el que iba a estudiar según la rentabilidad de cada parte. Obviamente tenía que llevar bien preparados los temas de infecciosas, ya que de ellos dependía la mayor parte de las preguntas. Sin embargo, en las otras tres asignaturas podía decidir "esto sí, esto no". Eso me llevó a estudiarme con más profundidad la Oncología y la Toxicología, clínicamente mucho más interesantes a mi parecer, y a hacer un estudio más superficial de Geriatría.

Llego a la facultad con tiempo, localizo donde hago el examen y dejo que pase el tiempo. Veo a la gente. Observo. Me doy cuenta del volumen de apuntes de algunos compañeros. "¿En serio? ¿Dos portafolios enormes para un total de 44 temas? ¿Cuántos folios tiene ésta, 500?". Empiezo a pensar que mi estudio de rentabilidad ha sido demasiado arriesgado. Siempre he sido de los que estudia el Tocho más breve, con el temario más conciso y más esquematizado. Cuanto menos letra mejor. Miro mi carpeta y no hay ni 50 folios. "Esta vez te has pasado de breve""Bueno, calma, aun hay que jugar el partido y aquí nadie ha pitado el final. No adelantemos acontecimientos".

Empiezo a leer la primera pregunta de Infecciosas "¿Cómo que cuál es la acción de la proteína C reactiva? Sé qué hace, pero no por qué mecanismo inmune. Seguro que esto está en uno de esos 500 folios de esa chica. Qué coño de pregunta es esta mierda!? Bueno, venga va, responde y sigue". Después de una primera mala impresión, empiezan a rodar las cosas. Me encuentro con preguntas de las que no he oído hablar. Obviamente habrá datos de los que no tenga ni idea, pero por mucho que hubiese estudiado unos apuntes más extensos no los hubiera encontrado, y si los hubiera encontrado, no me hubiera acordado. Después de seis años en esta facultad he aprendido que los exámenes nunca se corresponden en el 100% con el temario y que siempre te encuentras con preguntas que crees que han sacado de un artículo del último New England.

Sigo con la misma metódica. Lo que sé lo respondo y lo que no, lo lucho, descarto y me la juego en todas (la gran maravilla de este examen es la falta de puntos negativos). Continúo respondiendo y empiezo a pensar qué tendrán los infectólogos en contra de los hombres homosexuales, que siempre les ponen como ejemplo de las enfermedades de transmisión sexual "Qué pasa, ¿Qué las mujeres no comparten con el hombre ese orificio anatómico llamado ano? Entiendo que me quieran poner la enfermedad con características guía pero, ¿No bastaría con poner que la mujer/hombre realiza practicas sexuales de riesgo? Cuánta hipocresía procesan algunos para no querer hablar de relaciones sexuales anales en el ámbito heterosexual...Welcome siglo XXI". Termino el bloque de Infecciosas con buenas sensaciones. Pero sabiendo que es la parte del examen que mejor preparada llevaba no lo celebro, sino que rezo a los Siete Dioses para que el río siga por el mismo cauce.


Oncología empieza y acaba con buenas impresiones (gracias oncólogos, sois gente maja). "Hice bien en no estudiarme ni un TNM. Rentabilidad 100%". Paso la página y me topo con un título que reza "Geriatría (preguntas 71-90)". Ahora sí, evoquemos lo aprendido en la planta de Medicina Interna, que se parece en gran medida a la Geriatría, por mucho que los geriatras se empeñen en negarlo. Veo que hay algunas cosas que no, que ni con esas. Sin embargo muchas otras si puedo deducirlas del "conocimiento general". Termino con la dignidad en pie, y paso al último bloque con las preguntas de Toxicología. Gracias a la gran simpatía que le proceso a la Medicina Intensiva, y por ello el temario me resultó atractivo, y a que los intensivistas son gente maja, termino el examen con diez preguntas que me dejan en la boca un buen sabor. Paso a la plantilla, y a la calle. Comentarios varios, y pa' casa, que nos hemos ganado la siesta.

Tras una larga tarde de descanso saco una reflexión en relación con el volumen de estudio. Y es que a lo largo de todos estos años, he ido aprendiendo que no vale tanto el volumen de lo estudiado sino lo fijado. Siempre veo algún compañero que se hace con los apuntes más extensos, con más información, con el último detalle fisiopatológico y los trescientos cincuenta y dos esquemas terapéuticos posibles. Sin embargo, y el tiempo me ha dado la razón, eso no vale de nada. Al fin y al cabo, la capacidad de almacenar información del ser humano es limitada, y es por ello que yo soy más de estudiarme unos buenos esquemas que me den una base general sobre el mecanismo y tratamiento de las enfermedades, y a partir de ahí utilizar una de las armas más importantes y menos utilizadas por el ser humano: La Razón.


A.


1 de septiembre de 2013

El principio del "Los últimos"

Desde hace aproximadamente dieciocho años he estado pensado "otro verano más que se acaba, otro curso más que empieza". Recuerdo el verano que terminó para dar paso al colegio, y el que quedó atrás para empezar el instituto. También me acuerdo del verano que se terminaba para empezar la universidad, y de eso hace apenas cinco años. Como cada inicio de septiembre empiezo a experimentar esa sensación de nerviosismo por ver cómo empieza el curso, por reencontrarme con los compañeros que despedí en junio y por ver los cambios que depara este nuevo año. Pero esta vez es diferente.

Este año es El último. El último año que termina un verano en septiembre. El último año en el que dejo el no-hacer-nada para empezar la rutina académica. El último año en el que los primeros días de septiembre son para ver qué tal les ha ido a mis compañeros durante sus meses de vacaciones. El último año en el que disfrutaré de unas vacaciones tan largas como las que he tenido. Este año, es el último año que soy estudiante.

Este primer último no es más que el primero de muchos. Detrás llegará el último cuatrimestre de la facultad, el último día de rotaciones, el último día ver un paciente como no-médico, el último día de exámenes, el último día de pisar un hospital con la identificación de estudiante...

Sin embargo, no todo son finales. Este blog lo empecé para compartir la experiencia que supone preparar el examen MIR y contar día a día los pasos de la preparación. En octubre, empezaré la academia para preparar el examen, y con ello empezaré a cumplir el objetivo del blog. Pero mientras tanto y hasta entonces, permíteme que comparta la sensación de vértigo que produce el pensar que, en menos de nueve meses, seré médico.

Esto se acaba.




A.