Después de dos semanas frenéticas de inicio a la vida adulta, me vuelvo a poner al mando del teclado. No es fácil encontrar un hueco para ello, y ahora entiendo cómo la residencia se termina llevando una buena parte de tu tiempo. Y eso, que sólo acabamos de empezar...
Empiezas el hospital sin poder estar más perdido. En mi caso, hospital nuevo. Y grande. Muy grande. Muchos pasillos por los que perderse y pocos carteles con los que encontrarse. Mirándolo por el lado positivo, el preguntar donde están las diferentes secciones ayuda a ir conociendo a la gente que se mueve por el hospital. Pero no sólo me pierdo en el hospital.
Me pierdo en el papel de médico.
Me pierdo pensando que solamente sé lo que hago cuando hago la historia clínica. Me pierdo si me preguntan posibles diagnósticos para un paciente. Me pierdo si me preguntan qué pruebas son las que hay que hacer. O que protocolo debo seguir... Me pierdo en la práctica, y eso que durante la carrera roté bastante por la especialidad. Me pierdo en el manejo práctico de la medicina, cosa que no debería pasar (en teoría).
Es por todos sabido, que la universidad española patina en uno de los apartados más importantes para los que salimos de ella: la práctica. Nos forman bien, no lo pongo en duda. Teóricamente somos muy buenos. Prácticamente, ya va siendo otra cosa. Muchas clases, muchos power-points, muchas horas de estudio y muchas "prácticas como observer" para que, una vez pasado un examen y elegido una especialidad, se nos suelte a los R1 en las urgencias de los hospitales a intentar poner en práctica lo teóricamente aprendido. Además, la teoría estudiada poco tiene que ver con lo que en realidad se ve. Sabemos de enfermedades que poco vamos a ver, en vez de centrarnos en manejar con soltura las que todo médico debe conocer.
Por ello, el estudio no acabó el día antes del MIR. No va a ser igual, desde luego, pero va a haber que sentarse a dedicarle horas al asunto. Por ello me preocupa ver qué estudiar a partir de ahora, y sobre todo cómo hacerlo. ¿Los libros del hospital? ¿Artículos y estudios?...Aun no lo sé. Imagino que el tiempo me irá diciendo cómo hacerlo.
Y es así cómo, merodeando por Internet y saltando de página en página para ver si encontraba algún chivato o solución para saber "cómo estudiar siendo residente", me topé con la página de la Editorial Panamericana. La conocía, de oídas y de vistas. Algún libro había manejado durante la universidad y no me había ido nada mal por aquel entonces. Sin embargo pensaba "Esto no tiene que ser como la universidad, así que busca algo más práctico". Hasta que la vista se me cruzó con la palabra "Residentes" en su web. Por mirar no perdía nada, y la verdad es que mi sorpresa fue bastante buena al ver lo que allí ofrecían. Encontré lo que creo que es el inicio de la solución.
Según la especialidad que hayas elegido, puedes escoger un Pack de "Libros básicos". Es decir, para personas como yo, que hacen una especialidad de la cual sólo han tenido una asignatura en la carrera, es bastante lógico pensar que la base no es demasiado amplia. Y para ello, estos packs parecen bastante útiles. Libros básicos de la especialidad de concreto, junto con un vademecum en formato digital y una curso de urgencias hospitalarias que se puede realizar online desde casa (y que además te dan 10 ECTS por hacerlo). En la web tienen la información, tanto de los libros como del pago del pack (fraccionado a 3 meses sin interés) y es bastante fácil de manejarse por ella.
De momento poco más puedo contar. Que soy feliz. Que elegí bien y que, a pesar de andar demasiado perdido (imagino que como todo el mundo), puedo decir que solamente por llegar hasta aquí, ha merecido la pena.
A.
Blog personal de un estudiante de Medicina en su último curso, plagado de reflexiones de los últimos años de carrera y actualmente iniciándose en la preparación del examen MIR
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5 de junio de 2015
8 de abril de 2015
De como hice el MIR y desaparecí del mundo.
Parece que ha pasado un siglo desde que el 31 de enero me senté en ese aula a hacer el examen que tanto tiempo me ha robado. Fueron apenas cinco horas desde que entré y no recuerdo demasiado bien que pasó dentro de la sala. Recuerdo ver la cara de mis amigos esperándome a la salida, pidiéndome con los ojos que afirmase con la cabeza haciéndoles saber que todo había ido bien. Recuerdo el ruido y la gente entusiasmada. Recuerdo el confeti y sentirme como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Recuerdo celebrarlo como pocas cosas en mi vida. También recuerdo los nervios a la mañana siguiente, al saber que podría consultar una estimación aproximada. Recuerdo que ni fu ni fa. Contárselo a la familia e ir haciendome a la idea de que había terminado. Salir a la calle y ver que el mundo no se había parado en los últimos siete meses. Volver a la normalidad, y sentirme de todo menos normal.
Esto no ha sido solamente un viaje después de un examen. Ha sido una oportunidad de aprender a trabajar y convivir. Aprender que, aunque haya momentos en los que un sacrificio parezca demasiado duro, toda recompensa es lo suficientemente buena como para compensar el esfuerzo.
Sin darme apenas cuenta abandoné la normalidad de España para irme a Guayaquil. Desde que empecé a estudiar el MIR sólo tenía claro que el postMIR iba a ser así. Contactar con una ONG de Barcelona, asistir a sus charlas formativas la semana siguiente al MIR, buscar y preparar medicación para llevar, decidir qué me iba a acompañar en las siguientes siete semanas dentro de una mochila y coger un vuelo para cruzar el mundo. Aterrizar y cruzar Ecuador en 12 horas para llegar a García Moreno, un pueblo perdido en los Andes al norte del país. Empezar a ver gente diferente. Otra mentalidad y otra forma de entender la vida. El cariño de la gente y la hospitalidad de los más humildes. El pollo que sacrifican porque tú te sientas a la mesa. El arroz. El patacón. Las habitaciones en las que jamás creí que dormiría y los baños en los que nunca hubiese pensado que me sentaría. Los compañeros que empezaron siendo extraños y se convirtieron en familia. Las consultas siendo el médico que ha venido a ayudar. Los "mande?" y los "mijito". Más arroz y más pollo. Los viajes de doce horas pasando de pueblo en pueblo hasta llegar al sur, frontera con Perú.
Las conversaciones en las que conozco a los que me acompañan, en las que les cuento lo que poca
gente sabe. Verte en otro lado del mundo acompañado de gente que se convierte en algo especial. Echar de menos lo que dejas en casa pero saber que lo que has venido a dar merece la pena. Recibir
más de lo que eres capaz de dar y vivir una experiencia que no se puede comparar con nada. Acompañarte de personas que empiezan siendo desconocidos y con los que terminas viviendo una de las mejores experiencias posibles. Saber que todo tiene que terminar y que cada uno volverá a su casa, a seguir con su vida o a elegir su plaza y a empezar una nueva etapa. Saber que no es un "adiós", sino un "hasta pronto".
gente sabe. Verte en otro lado del mundo acompañado de gente que se convierte en algo especial. Echar de menos lo que dejas en casa pero saber que lo que has venido a dar merece la pena. Recibir
más de lo que eres capaz de dar y vivir una experiencia que no se puede comparar con nada. Acompañarte de personas que empiezan siendo desconocidos y con los que terminas viviendo una de las mejores experiencias posibles. Saber que todo tiene que terminar y que cada uno volverá a su casa, a seguir con su vida o a elegir su plaza y a empezar una nueva etapa. Saber que no es un "adiós", sino un "hasta pronto".
Esto no ha sido solamente un viaje después de un examen. Ha sido una oportunidad de aprender a trabajar y convivir. Aprender que, aunque haya momentos en los que un sacrificio parezca demasiado duro, toda recompensa es lo suficientemente buena como para compensar el esfuerzo.
A.
19 de enero de 2015
El número uno del MIR
Me paro a pensar y no recuerdo muy bien el primer día que me senté delante de los manuales de la academia para empezar con este objetivo. Han pasado siete largos meses, y la memoria es un bien demasiado preciado que prefiero no malgastar a estas alturas.
Sólo sé que parecía lejano. Horriblemente lejano. Despreocupadamente lejano. Como si nos separase un inmenso abismo de apuntes, simulacros y horas de estudio que, una tras otra, han logrado que nos plantemos aquí. A dos semanas del examen. Parece mentira...
Creo que no lo hemos hecho nada mal. Es más, diría que lo hemos hecho cojonudo (no es momento de ser humildes). Nos hemos levantado todos los días y hemos estudiado lo que unas guías nos decían. Hemos confiado en que una serie de "eruditos" en la materia nos llevasen de la mano hasta aquí. Hemos sido capaces de pasar gran parte del verano detrás de una mesa, mientras nuestros insolidarios amigos y familiares atestaban Facebook con fotos de playas paradisíacas. Y casi sin quejarnos. Hemos sido capaces de no sucumbir a la rutina y de buscar planes de domingo para paliar nuestra apatía al final de otra semana de estudio. Hemos jugado día a día, estudiado asignatura tras asignatura y contestado una pregunta detrás de otra. Y han sido unas cuantas.
Hemos sido constantes. No ha habido frenazos ni aceleraciones bruscas. Hemos levantado el pedal del embrague suavemente en cada cambio de vuelta para ajustar la velocidad a las condiciones de la pista. No hemos sucumbido ni a la desgana ni a la "sobremotivación". Hemos visto la carrera como una maratón y no como los 100 metros lisos. Hemos trabajado el poco a poco y el "partido a partido" que dirían los forofos.
Hemos sido constantes. No ha habido frenazos ni aceleraciones bruscas. Hemos levantado el pedal del embrague suavemente en cada cambio de vuelta para ajustar la velocidad a las condiciones de la pista. No hemos sucumbido ni a la desgana ni a la "sobremotivación". Hemos visto la carrera como una maratón y no como los 100 metros lisos. Hemos trabajado el poco a poco y el "partido a partido" que dirían los forofos.
Han sido tantos meses con la misma rutina, que me niego a pensar que el resultado solamente dependa de las cinco horas que dura el examen. Siete meses de esfuerzo y dedicación tienen que inclinar la balanza de la suerte de alguna manera. No sé mucho de probabilidad (a no ser que me des cinco opciones y me sienta como en casa), pero en el colegio aprendí que si en la caja metes más bolas verdes que rojas, la probabilidad de coger verde aumenta. Y eso es lo que hemos hecho. Y por eso confío en mí, en mi esfuerzo y en los resultados.
Dos semanas nada más para que volvamos a retomar la vida de una persona cuasinormal (con los pequeños tics y secuelas que nos hayan quedado de modo residual, claro). Dos semanas para no sucumbir a las inseguridades y a los miedos. Solamente dos más y luego ya, si eso, nos venimos abajo. Hasta entonces queda prohibido. Hasta entonces, y como dice Irene, "vamos a ser el número uno de nuestro MIR".
A.
8 de enero de 2015
Keep calm
Si hace una semanas contaba que había llegado el momento de la preparación en el que era necesario mantener la cabeza fría, hoy me siendo delante del teclado para confirmar lo que hace un mes afirmaba.
Estamos ya en la recta final, con menos de cuatro semanas por delante para ponerle la guinda al pastel y quitarnos de encima el objetivo que nos ha tenido esclavizados durante tantos meses. Es el momento de terminar con buen pie lo que llevamos haciendo casi como forma de vida en el último medio año (que se dice pronto). Y ese momento, como era de esperar, no está exento de inquietud y nerviosismo.
En mi caso particular, durante las horas del día, no me noto especialmente nervioso. Mentiría si digo que no siento esa sensación de que mi estómago se cae desde lo alto del Dragon Khan cuando pienso en lo poco que queda, pero aun así, no pierdo la calma que me acompaña desde hace ya unos meses y sigo el estudio como el resto de los días de la preparación. El problema viene después, cuando termina el día y, después de una larga y agotadora jornada de estudio, toca ponerle freno al ritmo y perderse entre las sábanas, cerrar los ojos y esperar a que el descanso rellene las pilas que hemos ido descargando a lo largo del día. Y es entonces cuando lo veo.
Me veo corriendo desde Moncloa a Ciudad Universitaria, buscando una facultad que aun desconozco. Noto que voy justo de tiempo para llegar. El llamamiento empieza a las 15.30h. y es casi la hora y no sé ni donde voy. Corro. Nada más.
Sin saber muy bien como, estoy dentro de un aula, con miles de personas a mi alrededor mirándome como diciendo "ya te vale, majo, llegar tarde al examen más importante de tu carrera...". Mi indiferencia les obliga a centrarse en su examen mientras a mi me dan una carpeta llena de papeles. Muchos. Más de los que tenía pensado. Empiezo a leer y no se ni qué me han dado "¿Se habrán equivocado? ¿Estoy en el MIR, verdad?" Empiezo a leer y veo que no es un MIR normal. Que han decidido que este año hay parte del examen de desarrollo, que dura 7 horas y que yo estoy sin agua. Miro alrededor y mis compañeros de mesa sonríen dejándome ver que soy el único que no estaba al tanto de las últimas novedades de nuestro querido Ministerio. Joder.
"Bueno, venga, has trabajado mucho y seguro que por mucho que cambie no puede ser tan difícil". Empiezo y me veo haciendo cosas raras. Innovando, que se dice. "¡No, no, no! ¡Te han dicho que NI DE COÑA de pongas creativo en el examen! ¡Busca la primera sin imagen, como siempre, y empieza de una jodida vez!" No puedo. Solo soy capaz de ver como mis manos pasan hoja tras hoja con independencia de mis cerebro, mientras mi mente solo quiere parar y salir de ahí. Y de repente, me despierto.
Solo ha sido un sueño. Un mal sueño. Y unas 150 pulsaciones por minuto en los pocos minutos que habrá durando esta fase REM, pero que a mi me han parecido horas agónicas. Me doy la vuelta recuperando un ritmo cardíaco compatible con la vida, y logro descansar.
A las pocas horas, y con un café y una tostada acompañando mi mañana, me doy cuenta de que, aunque yo no lo perciba de forma constante, dentro tengo esa sensación de vertigo de la que hablé hace unas semanas. Sé que de momento cumplo el objetivo de dominarlo, y espero que siga igual hasta el 31, porque si me he dado cuenta de que hay algo realmente importante para enfrentarse al examen, son la calma y el estar descansado.
Ya va quedando poco.
A.
Estamos ya en la recta final, con menos de cuatro semanas por delante para ponerle la guinda al pastel y quitarnos de encima el objetivo que nos ha tenido esclavizados durante tantos meses. Es el momento de terminar con buen pie lo que llevamos haciendo casi como forma de vida en el último medio año (que se dice pronto). Y ese momento, como era de esperar, no está exento de inquietud y nerviosismo.
En mi caso particular, durante las horas del día, no me noto especialmente nervioso. Mentiría si digo que no siento esa sensación de que mi estómago se cae desde lo alto del Dragon Khan cuando pienso en lo poco que queda, pero aun así, no pierdo la calma que me acompaña desde hace ya unos meses y sigo el estudio como el resto de los días de la preparación. El problema viene después, cuando termina el día y, después de una larga y agotadora jornada de estudio, toca ponerle freno al ritmo y perderse entre las sábanas, cerrar los ojos y esperar a que el descanso rellene las pilas que hemos ido descargando a lo largo del día. Y es entonces cuando lo veo.
Me veo corriendo desde Moncloa a Ciudad Universitaria, buscando una facultad que aun desconozco. Noto que voy justo de tiempo para llegar. El llamamiento empieza a las 15.30h. y es casi la hora y no sé ni donde voy. Corro. Nada más.
Sin saber muy bien como, estoy dentro de un aula, con miles de personas a mi alrededor mirándome como diciendo "ya te vale, majo, llegar tarde al examen más importante de tu carrera...". Mi indiferencia les obliga a centrarse en su examen mientras a mi me dan una carpeta llena de papeles. Muchos. Más de los que tenía pensado. Empiezo a leer y no se ni qué me han dado "¿Se habrán equivocado? ¿Estoy en el MIR, verdad?" Empiezo a leer y veo que no es un MIR normal. Que han decidido que este año hay parte del examen de desarrollo, que dura 7 horas y que yo estoy sin agua. Miro alrededor y mis compañeros de mesa sonríen dejándome ver que soy el único que no estaba al tanto de las últimas novedades de nuestro querido Ministerio. Joder.
"Bueno, venga, has trabajado mucho y seguro que por mucho que cambie no puede ser tan difícil". Empiezo y me veo haciendo cosas raras. Innovando, que se dice. "¡No, no, no! ¡Te han dicho que NI DE COÑA de pongas creativo en el examen! ¡Busca la primera sin imagen, como siempre, y empieza de una jodida vez!" No puedo. Solo soy capaz de ver como mis manos pasan hoja tras hoja con independencia de mis cerebro, mientras mi mente solo quiere parar y salir de ahí. Y de repente, me despierto.
Solo ha sido un sueño. Un mal sueño. Y unas 150 pulsaciones por minuto en los pocos minutos que habrá durando esta fase REM, pero que a mi me han parecido horas agónicas. Me doy la vuelta recuperando un ritmo cardíaco compatible con la vida, y logro descansar.
A las pocas horas, y con un café y una tostada acompañando mi mañana, me doy cuenta de que, aunque yo no lo perciba de forma constante, dentro tengo esa sensación de vertigo de la que hablé hace unas semanas. Sé que de momento cumplo el objetivo de dominarlo, y espero que siga igual hasta el 31, porque si me he dado cuenta de que hay algo realmente importante para enfrentarse al examen, son la calma y el estar descansado.
Ya va quedando poco.
A.
3 de noviembre de 2014
El día de la marmota
Otro día más. Y ya van unos cuantos.
John Denver me da los buenos días, como siempre. El ritmo de "Take me Home, Country Roads" no consigue que arranque de la cama con otro pensamiento que el de "otro más". La misma tostada con el mismo café de todos los días. "Hoy vas diez minutos más tarde, ¡menuda innovación!". La misma silla y la misma mesa esperándome. Los mismos manuales que ayer, y los mismos que mañana. A ver cuando termina Neurología. La misma rutina de estar sentado, leyendo y priorizando. Menos mal que lo de descartar los temas no rentables es cosa de la academia. Leo, subrayo y esquematizo. Desgloses. Más desgloses. "Descansa un poco, toma aire y sigue con ello, tienes que terminar antes de las 14.00 con este bloque". Continúo y lo termino.
La hora de comer es un placer hasta ahora despreciado. Degustar cada bocado (de tiempo y de comida). Sentarse en el sofá y ver la televisión un poco, a ver si la telebasura me hace algo más normal. El reloj de la pared empieza con las indirectas. "Son menos cuarto, va siendo hora de volver a la silla". Resignado, cojo el rumbo y empiezo con la misma rutina de por la mañana, pero una horas después. Y así lunes, martes, miercoles, jueves, viernes y sábado.
Domingo. Querido domingo. Te pienso desde el lunes.
Mis amigos no-MIR me preguntan "¿qué tal?". ¿Qué respondo? Bien, imagino. Aburrido, seguro. Rutinario, sin duda. La familia más de los mismo. Quedas con ellos y todos te preguntan por lo mismo. Pero en el fondo hay poco más que contar. "Por las tardes salgo a correr" "El domingo pasado hice esto, y el siguiente lo otro". ¡Qué sensación más absurda sentarse delante de alguien para que te hable y te cuente cómo sigue funcionando el mundo desde fuera de tu escritorio!
Suena extraño pero, ¡que esto avance rápido!. Que llegue ya la tercera vuelta. Y la cuarta. Y el 31 de enero. Mi cerebro no está abierto a nueva información. Está de huelga. Se ve obligado a trabajar demasiadas horas por muy pocas de ocio.
Las cosas van bien. Los resultados van cumpliendo. Solo falta dejar de despertarse todos los días con la misma música, la misma tostada y el mismo café, para ver cómo se despierta otro día más la marmota.
A.
John Denver me da los buenos días, como siempre. El ritmo de "Take me Home, Country Roads" no consigue que arranque de la cama con otro pensamiento que el de "otro más". La misma tostada con el mismo café de todos los días. "Hoy vas diez minutos más tarde, ¡menuda innovación!". La misma silla y la misma mesa esperándome. Los mismos manuales que ayer, y los mismos que mañana. A ver cuando termina Neurología. La misma rutina de estar sentado, leyendo y priorizando. Menos mal que lo de descartar los temas no rentables es cosa de la academia. Leo, subrayo y esquematizo. Desgloses. Más desgloses. "Descansa un poco, toma aire y sigue con ello, tienes que terminar antes de las 14.00 con este bloque". Continúo y lo termino.
La hora de comer es un placer hasta ahora despreciado. Degustar cada bocado (de tiempo y de comida). Sentarse en el sofá y ver la televisión un poco, a ver si la telebasura me hace algo más normal. El reloj de la pared empieza con las indirectas. "Son menos cuarto, va siendo hora de volver a la silla". Resignado, cojo el rumbo y empiezo con la misma rutina de por la mañana, pero una horas después. Y así lunes, martes, miercoles, jueves, viernes y sábado.
Domingo. Querido domingo. Te pienso desde el lunes.
Mis amigos no-MIR me preguntan "¿qué tal?". ¿Qué respondo? Bien, imagino. Aburrido, seguro. Rutinario, sin duda. La familia más de los mismo. Quedas con ellos y todos te preguntan por lo mismo. Pero en el fondo hay poco más que contar. "Por las tardes salgo a correr" "El domingo pasado hice esto, y el siguiente lo otro". ¡Qué sensación más absurda sentarse delante de alguien para que te hable y te cuente cómo sigue funcionando el mundo desde fuera de tu escritorio!
Suena extraño pero, ¡que esto avance rápido!. Que llegue ya la tercera vuelta. Y la cuarta. Y el 31 de enero. Mi cerebro no está abierto a nueva información. Está de huelga. Se ve obligado a trabajar demasiadas horas por muy pocas de ocio.
Las cosas van bien. Los resultados van cumpliendo. Solo falta dejar de despertarse todos los días con la misma música, la misma tostada y el mismo café, para ver cómo se despierta otro día más la marmota.
A.
26 de mayo de 2014
14 de mayo de 2014
Medicina, ¡se termina!
Todo empezó el 17 de septiembre de 2008, y aun me acuerdo hasta de la ropa que usé ese día. Llegar a la facultad, ver a toda esa gente nueva con la que intuía que pasaría mucho tiempo, y pensar acojonado lo que se venía encima. Entré con ganas y sin saber muy bien dónde me metía. Nunca se me había pasado por la cabeza ."¿Medicina? ¿Yo? No sé, no lo veo...". El número 218 se escribió prácticamente solo en la preinscripción de la matrícula, y sin pensarlo más de dos veces para no echarme atrás. "Ya está, no hay vuelta atrás".
Desde el primer día me di cuenta de las dificultades que iban apareciendo, haciendo que cada asignatura se mostrase cuesta arriba. Y los comentarios de los mayores no nos ayudaban mucho "Bioquímica es muy difícil, y Biología...¡Buah! solamente apruebas si amplias los apuntes con el Alberts". Yo, que siempre había sido de dejar las cosas hasta el último momento, empecé a verlo todo demasiado negro. Llegaron los primeros exámenes y con ellos los primeros suspensos que hemos tenido la mayoría de nosotros. Digan lo que digan, la primera vez, duele. Nosotros, los empollones y repelentes de todos los colegios reunidos en una clase, los que nunca suspendían. Ahí nos tenían, pringando y recibiendo una cura de humildad de la que también se aprendió algo... Y al final, con esfuerzo y un verano de estudio de por medio, salimos adelante...
La temida Anatomía II se nos puso por delante para no hacer otra cosa que perturbar nuestros sueños. Volvemos a los comentarios de los "experimentados": "Las notas de Anato salen en un post-it y solamente apruebas cuatro elegidos por Gracia Divina". Desde ahí hasta el final del curso, solamente recuerdo cómo mi nariz iba perdiendo el olfato a medida que el formaldehído se iba haciendo parte de mi, o cómo soñaba con las disecciones, o lo que era llegar recién desayunado a las 9.00h. para meter las manos en las tripas de un cadáver... Y agobio. Mucho agobio. "Si suspendes el segundo cuatri vuelves a presentarte de todo en septiembre". Más agobio. "Me dejo todo lo demás, pero yo esto lo apruebo por mis pelotas". Al final el post-it no era tan post-it, como le prometí a mis testículos, me olvidé de todo lo aprendido nada más salir de la sala de disección con el aprobado bajo el brazo.
El 14 de Octubre de 2010 se nos abría un nuevo lugar asociado a la facultad: El Hospital. Tras un sorteo de todo menos pacífico, logramos hacernos un hueco cada uno de nosotros en uno de los hospitales. "¿Verdad? No vaya a ser que no hubiese plazas para todos...". Pasa por Marban, compra tu primer fonendoscopio y ¡Ojo! Elije bien el color, no vaya a ser que te arrepientas. Llegas a casa, inocente de ti y tu familia te dice que lo uses. "¿Hola? Sólo sé que esto se pone en las orejas y esto en tu pecho". A partir de aquí todo fue crecer. El nombre de aquel primer paciente, Nicolás, que fue el primero en contribuir de forma activa a enseñarme a auscultar, tocar un tripa, palpar los pulsos y hacer toda clase de perrerías que anunciaba entrando en la habitación con el tan utilizado "Hola, soy un estudiante de Medicina y vengo a hacerte unas preguntas...". Las primeras veces de todo. El primer paciente que se va de alta con la sonrisa puesta en la cara, y el primero que terminas dejando que descanse tranquilo... Empiezas a ser consciente de qué signifca ser médico.
Después de mucho estudio, los exámenes del tercer curso, los casos imposibles, el Mieloma Múltiple, el suspendo de Microbiología, otro verano más estudiando... Depués de todo eso, dimos un giro de 180º para colocarnos definitivamente en el hospital. Y empezamos a entrar de lleno. La impresión de la primera cirugía con conexión extracorpórea, y el aburrimiento a partir de la segunda. El primer día en Pediatría, que ya me dejó claro que volvería por ahí. El primer parto en Gine, y el segundo, y el tercero... La planta de neumo y los trasplantados pulmonares. La sala de Hemodinámica y la Unidad de Arritmias... Anatomía de Grey se quedaba corto. Pasamos a quinto y volvemos a toparnos con un hueso duro de roer pero que, habiendo aprendido en años anteriores a manejar el agobio y la incertidumbre, logramos morder y dejarlo a un lado. Eso sí, sin dejar de odiar a nuestros compañeros que se exiliaron a la vida Erasmus.
Y por último, llegamos a sexto. "Ya está hecho", nos dijeron. Y volvimos a disfrutar. De las prácticas como un residente 0. De hacer evolutivos, formar parte activa del equipo e involucrarte en el Servicio. De ir y rotar, y nada más. De llegar a casa sabiendo que algo habías podido hacer y que empezabas a manejarte con cierta soltura después de los tres años anteriores. De saber que estabas medio preparado para terminar.
Sin embargo, empezamos a sentir el vértigo. De ver el final tan cerca o de saber que dentro de poco será algo más que un "juego". De darnos cuenta de que los meses iban corriendo y detrás de esto viene el MIR. De despedirnos de un hospital que ha sido como una segunda casa para la mayoría de nosotros. De decir adiós al personal y compañeros que hemos ido conociendo a lo largo de estos años. De ver que no nos daba tiempo a hacer todas las cosas que queremos hacer antes de terminar.
Y así hasta el 12 de mayo de 2014, cuando un grupo de chicos y chicas, entrabamos en un aula como estudiantes de medicina para hacer el último examen, y salíamos de ese mismo aula como médicos. Y fue así como después de años siendo testigo de que "Medicina, ¡se termina!", pasamos a ser los protagonistas, y dejamos constancia de que para terminar esta carrera no hace falta ser sólo un superhéroe, sino que hay que tener la picardía de un pirata para sacarlo adelante y la paz interior para no volverse loco a destiempo, sin olvidarnos además de manejar la dulzura de una princesa para no mandarlo todo al traste cuando las cosas salen del revés en el primer intento.
Enhorabuena, doctores/as.
A.
Desde el primer día me di cuenta de las dificultades que iban apareciendo, haciendo que cada asignatura se mostrase cuesta arriba. Y los comentarios de los mayores no nos ayudaban mucho "Bioquímica es muy difícil, y Biología...¡Buah! solamente apruebas si amplias los apuntes con el Alberts". Yo, que siempre había sido de dejar las cosas hasta el último momento, empecé a verlo todo demasiado negro. Llegaron los primeros exámenes y con ellos los primeros suspensos que hemos tenido la mayoría de nosotros. Digan lo que digan, la primera vez, duele. Nosotros, los empollones y repelentes de todos los colegios reunidos en una clase, los que nunca suspendían. Ahí nos tenían, pringando y recibiendo una cura de humildad de la que también se aprendió algo... Y al final, con esfuerzo y un verano de estudio de por medio, salimos adelante...
La temida Anatomía II se nos puso por delante para no hacer otra cosa que perturbar nuestros sueños. Volvemos a los comentarios de los "experimentados": "Las notas de Anato salen en un post-it y solamente apruebas cuatro elegidos por Gracia Divina". Desde ahí hasta el final del curso, solamente recuerdo cómo mi nariz iba perdiendo el olfato a medida que el formaldehído se iba haciendo parte de mi, o cómo soñaba con las disecciones, o lo que era llegar recién desayunado a las 9.00h. para meter las manos en las tripas de un cadáver... Y agobio. Mucho agobio. "Si suspendes el segundo cuatri vuelves a presentarte de todo en septiembre". Más agobio. "Me dejo todo lo demás, pero yo esto lo apruebo por mis pelotas". Al final el post-it no era tan post-it, como le prometí a mis testículos, me olvidé de todo lo aprendido nada más salir de la sala de disección con el aprobado bajo el brazo.
El 14 de Octubre de 2010 se nos abría un nuevo lugar asociado a la facultad: El Hospital. Tras un sorteo de todo menos pacífico, logramos hacernos un hueco cada uno de nosotros en uno de los hospitales. "¿Verdad? No vaya a ser que no hubiese plazas para todos...". Pasa por Marban, compra tu primer fonendoscopio y ¡Ojo! Elije bien el color, no vaya a ser que te arrepientas. Llegas a casa, inocente de ti y tu familia te dice que lo uses. "¿Hola? Sólo sé que esto se pone en las orejas y esto en tu pecho". A partir de aquí todo fue crecer. El nombre de aquel primer paciente, Nicolás, que fue el primero en contribuir de forma activa a enseñarme a auscultar, tocar un tripa, palpar los pulsos y hacer toda clase de perrerías que anunciaba entrando en la habitación con el tan utilizado "Hola, soy un estudiante de Medicina y vengo a hacerte unas preguntas...". Las primeras veces de todo. El primer paciente que se va de alta con la sonrisa puesta en la cara, y el primero que terminas dejando que descanse tranquilo... Empiezas a ser consciente de qué signifca ser médico.
Después de mucho estudio, los exámenes del tercer curso, los casos imposibles, el Mieloma Múltiple, el suspendo de Microbiología, otro verano más estudiando... Depués de todo eso, dimos un giro de 180º para colocarnos definitivamente en el hospital. Y empezamos a entrar de lleno. La impresión de la primera cirugía con conexión extracorpórea, y el aburrimiento a partir de la segunda. El primer día en Pediatría, que ya me dejó claro que volvería por ahí. El primer parto en Gine, y el segundo, y el tercero... La planta de neumo y los trasplantados pulmonares. La sala de Hemodinámica y la Unidad de Arritmias... Anatomía de Grey se quedaba corto. Pasamos a quinto y volvemos a toparnos con un hueso duro de roer pero que, habiendo aprendido en años anteriores a manejar el agobio y la incertidumbre, logramos morder y dejarlo a un lado. Eso sí, sin dejar de odiar a nuestros compañeros que se exiliaron a la vida Erasmus.
Y por último, llegamos a sexto. "Ya está hecho", nos dijeron. Y volvimos a disfrutar. De las prácticas como un residente 0. De hacer evolutivos, formar parte activa del equipo e involucrarte en el Servicio. De ir y rotar, y nada más. De llegar a casa sabiendo que algo habías podido hacer y que empezabas a manejarte con cierta soltura después de los tres años anteriores. De saber que estabas medio preparado para terminar.
Sin embargo, empezamos a sentir el vértigo. De ver el final tan cerca o de saber que dentro de poco será algo más que un "juego". De darnos cuenta de que los meses iban corriendo y detrás de esto viene el MIR. De despedirnos de un hospital que ha sido como una segunda casa para la mayoría de nosotros. De decir adiós al personal y compañeros que hemos ido conociendo a lo largo de estos años. De ver que no nos daba tiempo a hacer todas las cosas que queremos hacer antes de terminar.
Y así hasta el 12 de mayo de 2014, cuando un grupo de chicos y chicas, entrabamos en un aula como estudiantes de medicina para hacer el último examen, y salíamos de ese mismo aula como médicos. Y fue así como después de años siendo testigo de que "Medicina, ¡se termina!", pasamos a ser los protagonistas, y dejamos constancia de que para terminar esta carrera no hace falta ser sólo un superhéroe, sino que hay que tener la picardía de un pirata para sacarlo adelante y la paz interior para no volverse loco a destiempo, sin olvidarnos además de manejar la dulzura de una princesa para no mandarlo todo al traste cuando las cosas salen del revés en el primer intento.

Enhorabuena, doctores/as.
A.
29 de abril de 2014
Requiem por "el estudiante"
Hoy me siento delante del ordenador y me pongo a buscar palabras que definan como me siento. Me paro a pensar, y la verdad es que no encuentro ninguna que defina con exactitud lo que me produce pensar que mañana será mi último día como estudiante en el hospital.
Por una parte me produce una alegría desmesurada ponerle fin a la etapa como estudiante, que me ha proporcionado la base para poder seguir construyendo en los años que vienen por delante. Me alegra pensar en lo que viene después. Me alegra imaginar que desde mañana ya no seré "el estudiante de cuarto/quinto/sexto que viene a hacer prácticas". Me alegra saber qué es lo que quiero hacer y cómo quiero hacerlo el día de mañana. Me excita pensar que, dentro de un año aproximadamente, sere yo quien esté al otro lado, aprendiendo de un modo similar y diferente al mismo tiempo.
Por otra parte, sin embargo, me entristece pensar en lo que estoy cerrando. Me entristece pensar que será la última vez que compartiré los desayunos de media mañana con los compañeros de siempre. Me entristece abandonar el hospital en el que hice mis "primeros pinitos". Me entristece dejar atrás a la gente que confío en mí por primera vez. Me entristece decirle adiós a la cómoda vida de estudiante, en la que tienes la seguridad de estar amparado en todo momento bajo la protección de un mayor.
Posiblemente esté parco en palabras, pero como ya dije al principio, encontrar el modo adecuado para despedirse de algo nunca es fácil. Solamente me quedo con el pensamiento de pensar que gracias a todo lo que dejo detrás, podré llegar a ser lo que quiero en un futuro inmediato.
Hasta pronto, CPH.
A.
Por una parte me produce una alegría desmesurada ponerle fin a la etapa como estudiante, que me ha proporcionado la base para poder seguir construyendo en los años que vienen por delante. Me alegra pensar en lo que viene después. Me alegra imaginar que desde mañana ya no seré "el estudiante de cuarto/quinto/sexto que viene a hacer prácticas". Me alegra saber qué es lo que quiero hacer y cómo quiero hacerlo el día de mañana. Me excita pensar que, dentro de un año aproximadamente, sere yo quien esté al otro lado, aprendiendo de un modo similar y diferente al mismo tiempo.
Por otra parte, sin embargo, me entristece pensar en lo que estoy cerrando. Me entristece pensar que será la última vez que compartiré los desayunos de media mañana con los compañeros de siempre. Me entristece abandonar el hospital en el que hice mis "primeros pinitos". Me entristece dejar atrás a la gente que confío en mí por primera vez. Me entristece decirle adiós a la cómoda vida de estudiante, en la que tienes la seguridad de estar amparado en todo momento bajo la protección de un mayor.
Posiblemente esté parco en palabras, pero como ya dije al principio, encontrar el modo adecuado para despedirse de algo nunca es fácil. Solamente me quedo con el pensamiento de pensar que gracias a todo lo que dejo detrás, podré llegar a ser lo que quiero en un futuro inmediato.
Hasta pronto, CPH.
A.
10 de marzo de 2014
Rotando por la UCIP
La semana pasada terminé la primera de mis rotaciones optativas de este último curso. Con esa rotación y las dos que me quedan, pondré punto y final a mis prácticas en el hospital como estudiante, y qué mejor manera de concluir que eligiendo en qué servicio hacerlo. Y como siempre que se da la opción de elegir, cuando ya has decidido dónde hacer las prácticas te planteas "¿Habré elegido bien? A ver si para tres rotaciones que puedo elegir voy y la cago..."
Yo por mi parte lo tengo claro. Sé que especialidad me gusta. Sé cual es mi primera opción y pienso aprovechar estas últimas rotaciones para disfrutar plenamente. Ahora bien, en la Pediatría hay muchos servicios para elegir y muchas unidades en las que pararse a echar un ojo. Sin embargo, creo que debo ir a un sitio donde conozca a la gente y ellos me conozcan a mi, y de esa manera aprovechar al máximo el tiempo, evitándome los típicos días de toma de contacto. Lo decido con semanas de antelación y me presento de nuevo ahí, en mi querida UCI Pediátrica del Niño Jesús.
Empiezo con muchas ganas y la verdad es que cada mañana que voy por allí salgo con la misma sensación con la que salía en el verano. No me he equivocado. Me enseñan todo lo posible y veo casos muy variados. Unos van bien y otros no tanto. Unos se van a la planta y otros no. Unos salen adelante y otro, por desgracia, no tienen esa suerte. Unos vienen a agradecer lo que se ha hecho por ellos y los otros, también.
A lo largo de las cuatro semanas que estoy en el servicio, entro a formar parte de las historias que allí se cuecen. Historias que cuentan como un niño de menos de metro y medio entra por la puerta del hospital con un dolor de tripa tontorrón, y no sale desde entonces porque se está tratando del linfoma que le llevó hasta allí. O historias como la de ese niño, que no llega al medio año de vida y que no para de convulsionar desesperadamente esperando que alguien dé con la clave. O historias como las de aquella niña que un día se cayó accidentalmente y que desde entonces y en adelante no volverá a jugar con esas amigas que le recuerdan, a modo de dibujos, lo mucho que la echan de menos. Esa clase de historias de las que es imposible no entrar a formar parte.
Y en todas ellas, unos padres y unas madres. Y cada padre o madre, con su historia.
Siempre que le comento a alguien la idea de hacer Pediatría, aparte del típico "Oh, ¡Qué mono!" que me quita las ganas de vivir, decide compartir conmigo un secreto del que se cree custodio y que por lo que parece, todo el mundo desconoce. Y es que los niños, ¡Tienen padres! Gracias, en serio. Pero aun con esta revelación, sigo convencido de que es lo que me gusta, y mucho más después de conocer historias con este grado de complejidad. Porque, ¿Qué madre no estaría a la defensiva si ve que la medicina que se le da a su hijo no hace otra cosa que desnutrirlo, dejalo calvo, que vomite, que se le hagan heridas en la boca, que sangre por el intestino...?. Ella no ve cómo el tumor se va haciendo cada día más pequeño, y solamente puede confiar en el equipo de médicos y enfermeros, pero eso no quita que saque las uñas por un hijo que está algo más que indefenso. Me parece algo natural y en mi opinión, completamente perdonable.
Gracias, de verdad. No solamente a los médicos, por todo el empeño en hacerme sentir como en casa. Ni tampoco a los niños, por dejarme aprender directamente de ellos sin darse cuenta. Gracias, sobre todo a unos padres, que día tras día, me han enseñado la fuerza que puede tener una persona cuando lo más importante de su vida corre un peligro que ni ellos mismos sospechan...
A.
Yo por mi parte lo tengo claro. Sé que especialidad me gusta. Sé cual es mi primera opción y pienso aprovechar estas últimas rotaciones para disfrutar plenamente. Ahora bien, en la Pediatría hay muchos servicios para elegir y muchas unidades en las que pararse a echar un ojo. Sin embargo, creo que debo ir a un sitio donde conozca a la gente y ellos me conozcan a mi, y de esa manera aprovechar al máximo el tiempo, evitándome los típicos días de toma de contacto. Lo decido con semanas de antelación y me presento de nuevo ahí, en mi querida UCI Pediátrica del Niño Jesús.
Empiezo con muchas ganas y la verdad es que cada mañana que voy por allí salgo con la misma sensación con la que salía en el verano. No me he equivocado. Me enseñan todo lo posible y veo casos muy variados. Unos van bien y otros no tanto. Unos se van a la planta y otros no. Unos salen adelante y otro, por desgracia, no tienen esa suerte. Unos vienen a agradecer lo que se ha hecho por ellos y los otros, también.
A lo largo de las cuatro semanas que estoy en el servicio, entro a formar parte de las historias que allí se cuecen. Historias que cuentan como un niño de menos de metro y medio entra por la puerta del hospital con un dolor de tripa tontorrón, y no sale desde entonces porque se está tratando del linfoma que le llevó hasta allí. O historias como la de ese niño, que no llega al medio año de vida y que no para de convulsionar desesperadamente esperando que alguien dé con la clave. O historias como las de aquella niña que un día se cayó accidentalmente y que desde entonces y en adelante no volverá a jugar con esas amigas que le recuerdan, a modo de dibujos, lo mucho que la echan de menos. Esa clase de historias de las que es imposible no entrar a formar parte.
Y en todas ellas, unos padres y unas madres. Y cada padre o madre, con su historia.
Siempre que le comento a alguien la idea de hacer Pediatría, aparte del típico "Oh, ¡Qué mono!" que me quita las ganas de vivir, decide compartir conmigo un secreto del que se cree custodio y que por lo que parece, todo el mundo desconoce. Y es que los niños, ¡Tienen padres! Gracias, en serio. Pero aun con esta revelación, sigo convencido de que es lo que me gusta, y mucho más después de conocer historias con este grado de complejidad. Porque, ¿Qué madre no estaría a la defensiva si ve que la medicina que se le da a su hijo no hace otra cosa que desnutrirlo, dejalo calvo, que vomite, que se le hagan heridas en la boca, que sangre por el intestino...?. Ella no ve cómo el tumor se va haciendo cada día más pequeño, y solamente puede confiar en el equipo de médicos y enfermeros, pero eso no quita que saque las uñas por un hijo que está algo más que indefenso. Me parece algo natural y en mi opinión, completamente perdonable.
Gracias, de verdad. No solamente a los médicos, por todo el empeño en hacerme sentir como en casa. Ni tampoco a los niños, por dejarme aprender directamente de ellos sin darse cuenta. Gracias, sobre todo a unos padres, que día tras día, me han enseñado la fuerza que puede tener una persona cuando lo más importante de su vida corre un peligro que ni ellos mismos sospechan...
A.
11 de febrero de 2014
Rotando por Atención Primaria
Como ya dije en una entrada anterior, este último curso de la carrera, en la Autónoma, tenemos una rotación obligatoria por el centro de salud para poder hacernos una idea de cómo es la Atención Primaria en nuestro país. Creo que la idea no es mala, ya que los estudiantes, que prácticamente realizamos todas nuestras prácticas en hospitales de tercer nivel, no tenemos una idea mucho más definida que cualquier paciente que pueda pasar por el centro de salud para ver a su médico de cabecera.
La rotación se organiza durante tres semanas, en las cuales se pretende que pasemos por las diferentes secciones del centro de salud (medicina de familia, pediatría, extracciones, urgencias, atención domiciliaria...). A priori, se nos asigna un tutor en un centro de salud adscrito a la universidad y luego, una vez dentro del ambulatorio, vamos pasando por los sitios donde se pueda.
Desde que empecé la carrera, nunca me he sentido atraído por la Atención Primaria, y esta rotación no ha hecho más que confirmarme que prefiero con creces la atención del hospital. Como en todo, ha tenido sus puntos favorables y sus puntos desfavorables desde mi punto de vista, pero en mi caso que me gusta mucho el paciente agudo, el centro de salud me ha terminado pareciendo bastante aburrido.
Empecé rotando en Medicina de Familia, viendo pacientes tanto jóvenes como mayores, aquejados tanto de patologías crónicas que requerían control (HTA, DM, IRC...) como de patologías agudas (faringoamigdalitis, sinusitis, gripe, esguinces...). La verdad es que he visto una consulta variada, en la que si tengo que destacar algo que me ha llamado la atención, ha sido la cantidad de pacientes que acuden en busca de que alguien les escuche. Muchos de ellos, aparte de requerir medicación ansiolítica o antidepresiva, lo que verdaderamente venían demandando era una persona a la que contarle que su relación de pareja no estaba pasando por su mejor momento, o que su trabajo estaba empezando a afectar su vida personal, o que los problemas económicos le tenían agarrado por el cuello... Me ha parecido que el papel del médico iba más allá de lo puramente médico. Llegaba a meterse verdaderamente en la familia, conociendo completamente su estructura y situación, con todo lo que ello conlleva. Tanto lo bueno, como lo malo.
Personalmente me ha parecido una consulta bonita desde el punto de vista humano. Pero mirándolo desde el punto de vista científico, y atendiendo a mis gustos en el paciente agudo grave, he echado de menos el "aquí y ahora". Se ve mucha más patología de la que en realidad creía, pero bien es verdad que aun así, sigo viéndolo con poca acción para mi gusto.
Después de las dos primeras semanas con el médico de familia, pase la última semana en la sección de Pediatría. Como ya he dicho en anteriores ocasiones, es La especialidad que me apasiona, por lo que tenía muchas ganas de conocer la salida laboral más asequible después de terminar la residencia, que no es otra que el ambulatorio. Entré con miedo sabiendo que podía llegar a hacerme dudar otra vez sobre si era o no la especialidad que yo tengo tan clara, y aunque no me ha apasionado la visión del centro de salud, no me ha quitado la idea de terminar haciéndola.
Otra vez, es una consulta variada, en la que se ve sobre todo patología infecciosa (en su mayoría patología "banal", no os voy a engañar) y osteoarticular. Además, he conocido lo que siempre me había mencionado como "El control del niño sano". La idea que me llevo es que consiste en hacer una vigilancia longitudinal del proceso de maduración del niño, viendo si crece o no crece, si gana peso o no, si tiene un correcto desarrollo psicomotor o por el contrario se estanca en algún momento, y sobre todo llevar a cabo la vacunación. Puede parecer una "medicalización de un proceso normal", pero yo prefiero enfocarlo como un estudio detallado del niño que permite detectar de manera temprana, y ponerle solución, cualquier proceso que pueda comprometer su maduración y desarrollo. En definitiva, ha sido entretenido ver la relación del pediatra con niños que conoce (algo que en el hospital es más difícil) y con las temidas madres. En este caso, lo que más me ha llamado la atención, es lo diferente que es la actitud de los padres con el pediatra de atención primaria respecto a los del hospital, ya que en el primero depositan por lo general bastante confianza, mientras que el segundo es un tío/tía con bata blanca que aparece en un momento de estrés para ellos, y que es un completo desconocido que se va a hacer cargo de su "cachorro".
Como conclusión, solo puedo decir que, a pesar de que se me ha hecho una rotación larga y a mi gusto un poco coñazo
, es una rotación necesaria en la formación de todo médico. No solamente por aportar un punto de vista que para alguien puede resultar tremendamente atractivo, sino porque además nos ayuda a hacernos una idea a todos de cómo funciona la otra cara de la moneda y de a qué se enfrentan en otros escenarios diferentes al hospital.
A.
La rotación se organiza durante tres semanas, en las cuales se pretende que pasemos por las diferentes secciones del centro de salud (medicina de familia, pediatría, extracciones, urgencias, atención domiciliaria...). A priori, se nos asigna un tutor en un centro de salud adscrito a la universidad y luego, una vez dentro del ambulatorio, vamos pasando por los sitios donde se pueda.
Desde que empecé la carrera, nunca me he sentido atraído por la Atención Primaria, y esta rotación no ha hecho más que confirmarme que prefiero con creces la atención del hospital. Como en todo, ha tenido sus puntos favorables y sus puntos desfavorables desde mi punto de vista, pero en mi caso que me gusta mucho el paciente agudo, el centro de salud me ha terminado pareciendo bastante aburrido.
Empecé rotando en Medicina de Familia, viendo pacientes tanto jóvenes como mayores, aquejados tanto de patologías crónicas que requerían control (HTA, DM, IRC...) como de patologías agudas (faringoamigdalitis, sinusitis, gripe, esguinces...). La verdad es que he visto una consulta variada, en la que si tengo que destacar algo que me ha llamado la atención, ha sido la cantidad de pacientes que acuden en busca de que alguien les escuche. Muchos de ellos, aparte de requerir medicación ansiolítica o antidepresiva, lo que verdaderamente venían demandando era una persona a la que contarle que su relación de pareja no estaba pasando por su mejor momento, o que su trabajo estaba empezando a afectar su vida personal, o que los problemas económicos le tenían agarrado por el cuello... Me ha parecido que el papel del médico iba más allá de lo puramente médico. Llegaba a meterse verdaderamente en la familia, conociendo completamente su estructura y situación, con todo lo que ello conlleva. Tanto lo bueno, como lo malo.
Personalmente me ha parecido una consulta bonita desde el punto de vista humano. Pero mirándolo desde el punto de vista científico, y atendiendo a mis gustos en el paciente agudo grave, he echado de menos el "aquí y ahora". Se ve mucha más patología de la que en realidad creía, pero bien es verdad que aun así, sigo viéndolo con poca acción para mi gusto.
Después de las dos primeras semanas con el médico de familia, pase la última semana en la sección de Pediatría. Como ya he dicho en anteriores ocasiones, es La especialidad que me apasiona, por lo que tenía muchas ganas de conocer la salida laboral más asequible después de terminar la residencia, que no es otra que el ambulatorio. Entré con miedo sabiendo que podía llegar a hacerme dudar otra vez sobre si era o no la especialidad que yo tengo tan clara, y aunque no me ha apasionado la visión del centro de salud, no me ha quitado la idea de terminar haciéndola.
Otra vez, es una consulta variada, en la que se ve sobre todo patología infecciosa (en su mayoría patología "banal", no os voy a engañar) y osteoarticular. Además, he conocido lo que siempre me había mencionado como "El control del niño sano". La idea que me llevo es que consiste en hacer una vigilancia longitudinal del proceso de maduración del niño, viendo si crece o no crece, si gana peso o no, si tiene un correcto desarrollo psicomotor o por el contrario se estanca en algún momento, y sobre todo llevar a cabo la vacunación. Puede parecer una "medicalización de un proceso normal", pero yo prefiero enfocarlo como un estudio detallado del niño que permite detectar de manera temprana, y ponerle solución, cualquier proceso que pueda comprometer su maduración y desarrollo. En definitiva, ha sido entretenido ver la relación del pediatra con niños que conoce (algo que en el hospital es más difícil) y con las temidas madres. En este caso, lo que más me ha llamado la atención, es lo diferente que es la actitud de los padres con el pediatra de atención primaria respecto a los del hospital, ya que en el primero depositan por lo general bastante confianza, mientras que el segundo es un tío/tía con bata blanca que aparece en un momento de estrés para ellos, y que es un completo desconocido que se va a hacer cargo de su "cachorro".
Como conclusión, solo puedo decir que, a pesar de que se me ha hecho una rotación larga y a mi gusto un poco coñazo
, es una rotación necesaria en la formación de todo médico. No solamente por aportar un punto de vista que para alguien puede resultar tremendamente atractivo, sino porque además nos ayuda a hacernos una idea a todos de cómo funciona la otra cara de la moneda y de a qué se enfrentan en otros escenarios diferentes al hospital.
A.
14 de enero de 2014
La gran enemiga
Creo no equivocarme si digo que todos los estudiantes tenemos siempre una asignatura que odiamos. Una asignatura que parece que nunca va a desaparecer. Aquella que recordamos con miedo y de la que oir sólo su nombre nos pone los pelos de punta. En mi caso lo tengo claro: Bioquimica.
Nuestra historia comienza en 2008. Yo, un apasionado de la Biología de segundo de bachillerato, entraba en Medicina sabiendo que los primeros cursos eran de "ciencias básicas", entre las que se incluía Ella. La ilusión me cegaba la razón y yo empezaba las clases con el ánimo de disfrutar de una asignatura interesante, creyendo que iba a ser lo más "médico" que fuese a estudiar durante el primer cuatrimestre. La docencia creo recordar que no empezó mal, pero a medida que evolucionaba y un señor que convivió con especies ya extinguidas, me contaba que una mitocondria era como una sandía, la cosa se empezó a poner fea.
Nuestro amor duró lo que tardé en entrar en Su laboratorio. Las prácticas durante el primer curso duraban una media de 4 horas, por lo que entramos en una monotonía que apagó la llama que no se podría volver a encender ni con el mechero Bunsen. Desde ahí fue un declive, escalón a escalón. No entendía nada. No había forma de comprender por qué tanta información, tan inconexa, tan específica... Nunca entendí todas las pruebas y test de laboratorio que me obligó a hacer. Nunca entendí por qué me trató tan mal cuando yo verdaderamente estaba por la labor de darle toda mi entrega.
Llegó el momento de examinarse, y tras unas Navidades en las que aprendí lo que era estudiar de verdad, decidí que lo mejor era tomarse un tiempo entre nosotros y poner distancia de por medio. Decidí que mejor en septiembre. Visto a posteriori me parece una mala opción, porque si tenía la esperanza de que el calor veraniego avivara nuestra llama, estaba completamente confundido. Llega el examen de recuperación y conseguimos llegar a un aprobado de mutuo acuerdo.
No contento con haber tenido que sufrir su continua presencia durante los dos cuatrimestres de primero, llega el segundo año y vuelve a por mi. No me encuentro preparado para este reencuentro, por lo que las cosas salen mal y volvemos a tener nuestra historia de verano. Sin embargo, sabiendo que es el último año puramente preclínico, olvidamos nuestras diferencias y nos dejamos aparcados el uno al otro. Parece que ya está, y seguramente en condiciones normales sería así, pero mi universidad tiene establecido que volveremos a vernos las caras en sexto curso. Acabo de terminar el segundo curso y veo tan lejos sexto que ni me preocupa volver a tener que vernos. Seguramente cuando llegue el momento, estaré preparado y actuaré con la madurez suficiente con la que actúan los adultos hechos y derechos cuando se encuentran con antiguas parejas. Pensé.
Y una vez más, pensé mal.
Llega este año: sexto. El temido reencuentro se presenta de manera súbita tras mucho tiempo desde la última vez. Voy tranquilo y sin prejuicios, sabiendo que Su presencia ya no tiene por qué incomodarme. Con la de cosas que tengo que hacer este primer cuatrimestre, más a nivel personal que académico, decido que nuestros encuentros serán esporádicos, y más bien pocos. Terminan Sus clases y y solamente queda Su examen. Ahora vuelve el tembleque.
Se me había olvidado el odio que la tengo y la repugnancia de su presencia. El ambiente se vuelve enrarecido cuando ella está delante. Me hace sentir incapaz de conseguirlo. Me hace dudar de mi mismo y me trae recuerdos más bien amargos sobre mi índice de suspendos a principios de la carrera. Me provoca náusea pensar que, por culpa de cuatro científicos descerebrados, tengo que estudiarme tropecientos factores de transcripción y otros tantos mecanismos de regulación de la expresión del genoma humano para saber qué coño es la diabetes y cómo funciona a nivel bioquímico. Aun así, hago de tripas corazón y lo intento, procurando no alargar más el día en el que, por fín, no vuelva a saber de Ella.
Hoy, día 14 de enero de 2014, he tenido Su examen. La verdad es que nos hemos comportado con madurez. Yo por mi parte, estudiante de último año, creo haber cogido maña en esto de examinarme, y he aprendido de errores anteriores. Ella, por la suya, ha estado bastante comedida. No ha tenido salidas de tono como en encuentros anteriores, o por lo menos no tantas. Creo, y espero, que esta sea la última vez que tengamos que vernos las caras.
A.
Nuestra historia comienza en 2008. Yo, un apasionado de la Biología de segundo de bachillerato, entraba en Medicina sabiendo que los primeros cursos eran de "ciencias básicas", entre las que se incluía Ella. La ilusión me cegaba la razón y yo empezaba las clases con el ánimo de disfrutar de una asignatura interesante, creyendo que iba a ser lo más "médico" que fuese a estudiar durante el primer cuatrimestre. La docencia creo recordar que no empezó mal, pero a medida que evolucionaba y un señor que convivió con especies ya extinguidas, me contaba que una mitocondria era como una sandía, la cosa se empezó a poner fea.
Nuestro amor duró lo que tardé en entrar en Su laboratorio. Las prácticas durante el primer curso duraban una media de 4 horas, por lo que entramos en una monotonía que apagó la llama que no se podría volver a encender ni con el mechero Bunsen. Desde ahí fue un declive, escalón a escalón. No entendía nada. No había forma de comprender por qué tanta información, tan inconexa, tan específica... Nunca entendí todas las pruebas y test de laboratorio que me obligó a hacer. Nunca entendí por qué me trató tan mal cuando yo verdaderamente estaba por la labor de darle toda mi entrega.
Llegó el momento de examinarse, y tras unas Navidades en las que aprendí lo que era estudiar de verdad, decidí que lo mejor era tomarse un tiempo entre nosotros y poner distancia de por medio. Decidí que mejor en septiembre. Visto a posteriori me parece una mala opción, porque si tenía la esperanza de que el calor veraniego avivara nuestra llama, estaba completamente confundido. Llega el examen de recuperación y conseguimos llegar a un aprobado de mutuo acuerdo.
No contento con haber tenido que sufrir su continua presencia durante los dos cuatrimestres de primero, llega el segundo año y vuelve a por mi. No me encuentro preparado para este reencuentro, por lo que las cosas salen mal y volvemos a tener nuestra historia de verano. Sin embargo, sabiendo que es el último año puramente preclínico, olvidamos nuestras diferencias y nos dejamos aparcados el uno al otro. Parece que ya está, y seguramente en condiciones normales sería así, pero mi universidad tiene establecido que volveremos a vernos las caras en sexto curso. Acabo de terminar el segundo curso y veo tan lejos sexto que ni me preocupa volver a tener que vernos. Seguramente cuando llegue el momento, estaré preparado y actuaré con la madurez suficiente con la que actúan los adultos hechos y derechos cuando se encuentran con antiguas parejas. Pensé.
Y una vez más, pensé mal.
Llega este año: sexto. El temido reencuentro se presenta de manera súbita tras mucho tiempo desde la última vez. Voy tranquilo y sin prejuicios, sabiendo que Su presencia ya no tiene por qué incomodarme. Con la de cosas que tengo que hacer este primer cuatrimestre, más a nivel personal que académico, decido que nuestros encuentros serán esporádicos, y más bien pocos. Terminan Sus clases y y solamente queda Su examen. Ahora vuelve el tembleque.
Se me había olvidado el odio que la tengo y la repugnancia de su presencia. El ambiente se vuelve enrarecido cuando ella está delante. Me hace sentir incapaz de conseguirlo. Me hace dudar de mi mismo y me trae recuerdos más bien amargos sobre mi índice de suspendos a principios de la carrera. Me provoca náusea pensar que, por culpa de cuatro científicos descerebrados, tengo que estudiarme tropecientos factores de transcripción y otros tantos mecanismos de regulación de la expresión del genoma humano para saber qué coño es la diabetes y cómo funciona a nivel bioquímico. Aun así, hago de tripas corazón y lo intento, procurando no alargar más el día en el que, por fín, no vuelva a saber de Ella.
Hoy, día 14 de enero de 2014, he tenido Su examen. La verdad es que nos hemos comportado con madurez. Yo por mi parte, estudiante de último año, creo haber cogido maña en esto de examinarme, y he aprendido de errores anteriores. Ella, por la suya, ha estado bastante comedida. No ha tenido salidas de tono como en encuentros anteriores, o por lo menos no tantas. Creo, y espero, que esta sea la última vez que tengamos que vernos las caras.
A.
2 de enero de 2014
Empieza El Año
Vaya estupidez. Suenan unas campanas y hacemos el intento de llegar al siguiente año sin tener que hacerle la maniobra de Heimlich a la abuela. "Son los cuartos, tú vete empezando que sino luego te atragantas". Termina y se brinda con lo primero que llegue a la mano. Y ahí empezamos a pensar en qué se queda detrás y que es lo que viene de ahí en adelante.
Mirando atrás dejamos un año duro, con sus cosas positivas y sus avances poco a poco en este mundo de la medicina que está a punto de cambiar de perspectiva. Pensamos en quién queremos que termine el camino a nuestro lado, y en todas las personas que no pudieron llegar al final. Pensamos en esa persona que ya no está aquí para desear "mucha mierda" en el siguiente examen, ni para despejar los atisbos de agobio con una cena rápida. Pensamos en su alma rojiblanda y sus ganas de vivir. Pensamos en su Rosendo, y se nos cae una lágrima que bajando por la cara se encuentra con su enemiga la sonrisa. Pensamos lo mucho que se nota su ausencia, sobre todo en estos días. Nos damos cuenta de que por mucha pena que nos dé, las cosas ya han sucedido y no va a haber forma de volver para atrás. Tendremos que aprender a vivir con ello e ir construyendo una carrera que él hubiese estado contento de compartir con nosotros. Estás aquí, compartiéndolo.
Por otro lado miramos hacia delante, sabiendo que este va a ser un año de importantes cambios. Empezará siendo el último año que este estudiando bioquímica molecular, y eso es empezar muy bien. Seguirá siendo el año en el que termine la carrera que tanto esfuerzo me ha costado llevar adelante. No paro de pensar en ese momento. Cuando vaya a mirar la última nota al tablón y definitivamente se acompañe de un APTO. ¿Qué sentiré?¿Qué vendrá después?. El vértigo saca sus mejores armas para empezar una lucha encarnizada con las ganas. El primero azota con fuerza, pero las ganas son más fuertes y consiguen alzarse con el gran premio. Cuento los días que faltan para terminar este curso y ya solamente puedo sentir el ganas. El vértigo,
que venga después.
Pero mientras tanto, tenemos que vivir.
Tenemos que vivir este año 2014 como el último de una mala época y empezar a vivirlo como el primero de una nueva etapa. Nunca he sido excesivamente navideño ni defensor de las políticas de potenciación del amor y el cariño durante estas tres semanas. Prefiero pensar que la gente que continúa conmigo y aquellos que, vestidos de rojiblanco, se alzan donde nadie les ve, siguen dándome su apoyo y su ánimo en cada uno de los momentos del nuevo año, sin esperarse a que llegue la siguente Navidad para demostrar que siguen conmigo.
Que tengáis un año cargado de buenos momentos y buena gente con la que compartirlos, que al fin y al cabo es lo más importante.
A.
Mirando atrás dejamos un año duro, con sus cosas positivas y sus avances poco a poco en este mundo de la medicina que está a punto de cambiar de perspectiva. Pensamos en quién queremos que termine el camino a nuestro lado, y en todas las personas que no pudieron llegar al final. Pensamos en esa persona que ya no está aquí para desear "mucha mierda" en el siguiente examen, ni para despejar los atisbos de agobio con una cena rápida. Pensamos en su alma rojiblanda y sus ganas de vivir. Pensamos en su Rosendo, y se nos cae una lágrima que bajando por la cara se encuentra con su enemiga la sonrisa. Pensamos lo mucho que se nota su ausencia, sobre todo en estos días. Nos damos cuenta de que por mucha pena que nos dé, las cosas ya han sucedido y no va a haber forma de volver para atrás. Tendremos que aprender a vivir con ello e ir construyendo una carrera que él hubiese estado contento de compartir con nosotros. Estás aquí, compartiéndolo.
Por otro lado miramos hacia delante, sabiendo que este va a ser un año de importantes cambios. Empezará siendo el último año que este estudiando bioquímica molecular, y eso es empezar muy bien. Seguirá siendo el año en el que termine la carrera que tanto esfuerzo me ha costado llevar adelante. No paro de pensar en ese momento. Cuando vaya a mirar la última nota al tablón y definitivamente se acompañe de un APTO. ¿Qué sentiré?¿Qué vendrá después?. El vértigo saca sus mejores armas para empezar una lucha encarnizada con las ganas. El primero azota con fuerza, pero las ganas son más fuertes y consiguen alzarse con el gran premio. Cuento los días que faltan para terminar este curso y ya solamente puedo sentir el ganas. El vértigo,
que venga después.
Pero mientras tanto, tenemos que vivir.
Tenemos que vivir este año 2014 como el último de una mala época y empezar a vivirlo como el primero de una nueva etapa. Nunca he sido excesivamente navideño ni defensor de las políticas de potenciación del amor y el cariño durante estas tres semanas. Prefiero pensar que la gente que continúa conmigo y aquellos que, vestidos de rojiblanco, se alzan donde nadie les ve, siguen dándome su apoyo y su ánimo en cada uno de los momentos del nuevo año, sin esperarse a que llegue la siguente Navidad para demostrar que siguen conmigo.
Que tengáis un año cargado de buenos momentos y buena gente con la que compartirlos, que al fin y al cabo es lo más importante.
A.
17 de noviembre de 2013
Simulacro 1
Suena el despertador un sábado por la mañana, abriendo un día que, desde el pensamiento del recién despertado, parecía otro sábado más normal y corriente. Sin embargo, con un café en el estómago y la cara lavada me doy cuenta de que no. Que este sábado, era el día de ir a la academia a hacer el primer Simulacro de la preparación del MIR.
Pereza. Una buena palabra para explicar la sensación inicial. Seguro que a más de uno se le ocurre un plan mejor para invertir el sábado por la tarde.
Curiosidad e intriga. Otras dos bastante adecuadas para contar lo que sentía de camino al simulacro. ¿Cómo iba a lograr aguantar 5 horas en una sala haciendo un examen? ¿Cómo iba a ser capaz de responder a preguntas de temario que no he visto desde hace dos, tres o incluso cuatro años?...
Sorpresa. Una palabra que resume bastante bien la experiencia.
Llego a la cita, 15.30h. en la primera planta de la sede para el primer pase de lista. Hay gente por todos lados. Caras conocidas y otras no tanto. Empieza el llamamiento, y con el volumen de gente por los pasillos, nadie se entera de que le llaman. Me llaman, enseño el DNI, me dan el examen y la plantilla para rellenar las respuestas y tomo asiento en el aula. De entrada me siento cómodo, sentado y esperando que entre todo el mundo para poder empezar, y así terminar lo antes posible. Nos leen las normas básicas (nada de móviles, la primera hora no se puede salir, la última media tampoco, si queremos salir al baño hay que levantar la mano y dar el examen...). Llegan las 16.00h. y empiezo.
Desde el principio sigo los consejos que me mandó mi tutora via e-mail un par de días atrás. "Deja las preguntas de imágenes, generalmente las primeras, para el final". Las 30 primeras son relacionadas a imagen. Las paso. Empiezo por la 31: Pediatría (perfecto). Me siento cómodo y contesto sin mucha dificultad las primeras, me gusta el temario y dimos la clase ayer. La cosa está fresca en mi mente y no se resiste. Avanzo y se acaba el bloque, dejando el paso a Estadística. "¿Qué me han enseñado en la facultad a mí sobre Estadística?" "¿Qué dice aquí de un estudio? Ah.. ni idea, pero es la 4 fijo, que en el libro del Dr. Macarrón poner que por probabilidad, la respuesta número 4 es la más frecuente." Venga va, sigamos como si nada, ya habrá cosas mejores.
Llega Inmunología y para mi sorpresa me siento cómodo respondiendo a algunas (otras, evidentemente, no), cosa que nunca me habría pasado un par de meses atrás. Seguimos por Digestivo, otro bloque de los gordos, recordando cosas de la facultad y otras que creo no haber leído en mi vida. ¡Pregunta 81! Toca pasar a la plantilla y aprovecho para darme un respiro mental, al fin y al cabo solamente es pasar números a una hoja. Termino mi recreo mental y sigo con un par más de Digestivo para seguir con Reumatología. Seguimos del mismo modo con las siguientes, hasta la 131 "¡Otro descanso cerebral pasando a la plantilla!" Paro y tomo algo de agua, pero ahora mismo me siento demasiado bien cómo para descansar. Ya habrá un momento de fatiga mayor. Ahora toca las 10 últimas preguntas del examen que son las de reserva, y según me han dicho, son las más importantes de todo el examen, puesto que es seguro que ninguna de ellas es impugnable. Salgo más o menos airoso y vuelvo a donde lo había dejado.
Continúo con Cardiología, otro de los gruesos del MIR, Neumología, NeruofcsmdkkhdyrloöâÛN. Necesito un descanso. Ahora sí que sí. Necesito mi sandwich de jamón y queso envuelto en una maravillosa funda que hace poco ruido para que los compañeros que tengo alrededor no me deseen una muerte lenta y dolorosa. Me lo como con ansia y bebo agua con la esperanza de reexpandir mi sustancia gris. Me encuentro mejor, tomo aire y continúo. Termino con un bloque de cincuenta preguntas y las paso. Empiezo las siguientes cincuenta y mi vejiga juega en mi contra. Levanto la mano y salgo. Expulso la botella de 500ml. de agua que llevo dentro y vuelvo al aula. El cerebro me flojea. "¿La hora?" "¿Qué hora es?" "¿Cuánto tiempo llevo aquí metido? Esto debe estar a punto de terminar." Meto prisa y logro llegar a las de imágenes. Tengo la lengua fuera. Quiero dormir, o por lo menos adoptar posturas que no sean factor de riesgo para desarrollar artrosis precoz. Tengo las piernas dormidas, el culo aplanado y la espalda escoliótica. "Llevo mucho tiempo aquí sentado, ¿Me estará dando un TEP?" "¡¡SIGUE, y deja de distraerte!!"
Imágenes, "¡Oh, qué bonito! ¿Qué es?" "No, no, lee la pregunta y no mires la imagen. Te han dicho que es muy posible que no la necesites para responder a la pregunta." "Uy, pues es verdad, esto parece que funciona". "¡Guala!¡Qué placa de cráneo bonita en la que se ve....Exactamente,¿Qué se ve?""! Ah sí, clarísimo, un implante coclear ahí en la esquina superior izquierda ¿Sí, no? Buengo venga, termina... que esto debe estar a punto de acabar"... BIEN! Última pregunta, un fondo de ojo... me siento como arrastrándome por el suelo cómo quien acaba de correr los 42 Km. de una maratón y está a punto de rozar la meta con la punta de los dedos. Acabo de pensarla y contesto. Vale, ahora solamente queda pasar las respuestas de éstas últimas a la plantilla "-¿Compañero, me dices la hora?" "-Las 19.45h." "¡¿CÓMO?!, ¿¿QUÉ LLEVO AQUÍ SOLAMENTE 3 HORAS Y 45 MINUTOS?? ¿ES QUE LA TIERRA HA DECIDIDO DEJAR DE ROTAR SOBRE SU EJE MIENTRAS YO ESTABA AQUÍ DENTRO?" Paso las respuestas rápido a la plantilla y me salgo. Necesito oxígeno o algo similar. Se ha acabado y he salido vivo, aunque con el cuerpo como si hubiese pasado por encima de mi alguna máquina de esas que tiran casas abajo. Mis más sinceras felicitaciones a mis nalgas y mi cerebro por el esfuerzo realizado.
Tras haber descansado toda la noche, me levanto y desayuno tranquilo. Antes de comer, decido arriesgarme a meter la plantilla en el Sitio del Alumno. "¡LA HOSTIA!" No esperaba que me hubiera ido así. No sé si está bien o mal, pero la verdad es que yo personalmente me lo esperaba muchísimo peor. Después de todo me quedo contento y desanso. Ahora solamente queda esperar que poco a poco, aprenda a dosificar mis esfuerzos y llegar al final del examen como una persona humana.
A.
Pereza. Una buena palabra para explicar la sensación inicial. Seguro que a más de uno se le ocurre un plan mejor para invertir el sábado por la tarde.
Curiosidad e intriga. Otras dos bastante adecuadas para contar lo que sentía de camino al simulacro. ¿Cómo iba a lograr aguantar 5 horas en una sala haciendo un examen? ¿Cómo iba a ser capaz de responder a preguntas de temario que no he visto desde hace dos, tres o incluso cuatro años?...
Sorpresa. Una palabra que resume bastante bien la experiencia.
Llego a la cita, 15.30h. en la primera planta de la sede para el primer pase de lista. Hay gente por todos lados. Caras conocidas y otras no tanto. Empieza el llamamiento, y con el volumen de gente por los pasillos, nadie se entera de que le llaman. Me llaman, enseño el DNI, me dan el examen y la plantilla para rellenar las respuestas y tomo asiento en el aula. De entrada me siento cómodo, sentado y esperando que entre todo el mundo para poder empezar, y así terminar lo antes posible. Nos leen las normas básicas (nada de móviles, la primera hora no se puede salir, la última media tampoco, si queremos salir al baño hay que levantar la mano y dar el examen...). Llegan las 16.00h. y empiezo.
Desde el principio sigo los consejos que me mandó mi tutora via e-mail un par de días atrás. "Deja las preguntas de imágenes, generalmente las primeras, para el final". Las 30 primeras son relacionadas a imagen. Las paso. Empiezo por la 31: Pediatría (perfecto). Me siento cómodo y contesto sin mucha dificultad las primeras, me gusta el temario y dimos la clase ayer. La cosa está fresca en mi mente y no se resiste. Avanzo y se acaba el bloque, dejando el paso a Estadística. "¿Qué me han enseñado en la facultad a mí sobre Estadística?" "¿Qué dice aquí de un estudio? Ah.. ni idea, pero es la 4 fijo, que en el libro del Dr. Macarrón poner que por probabilidad, la respuesta número 4 es la más frecuente." Venga va, sigamos como si nada, ya habrá cosas mejores.
Llega Inmunología y para mi sorpresa me siento cómodo respondiendo a algunas (otras, evidentemente, no), cosa que nunca me habría pasado un par de meses atrás. Seguimos por Digestivo, otro bloque de los gordos, recordando cosas de la facultad y otras que creo no haber leído en mi vida. ¡Pregunta 81! Toca pasar a la plantilla y aprovecho para darme un respiro mental, al fin y al cabo solamente es pasar números a una hoja. Termino mi recreo mental y sigo con un par más de Digestivo para seguir con Reumatología. Seguimos del mismo modo con las siguientes, hasta la 131 "¡Otro descanso cerebral pasando a la plantilla!" Paro y tomo algo de agua, pero ahora mismo me siento demasiado bien cómo para descansar. Ya habrá un momento de fatiga mayor. Ahora toca las 10 últimas preguntas del examen que son las de reserva, y según me han dicho, son las más importantes de todo el examen, puesto que es seguro que ninguna de ellas es impugnable. Salgo más o menos airoso y vuelvo a donde lo había dejado.
Continúo con Cardiología, otro de los gruesos del MIR, Neumología, NeruofcsmdkkhdyrloöâÛN. Necesito un descanso. Ahora sí que sí. Necesito mi sandwich de jamón y queso envuelto en una maravillosa funda que hace poco ruido para que los compañeros que tengo alrededor no me deseen una muerte lenta y dolorosa. Me lo como con ansia y bebo agua con la esperanza de reexpandir mi sustancia gris. Me encuentro mejor, tomo aire y continúo. Termino con un bloque de cincuenta preguntas y las paso. Empiezo las siguientes cincuenta y mi vejiga juega en mi contra. Levanto la mano y salgo. Expulso la botella de 500ml. de agua que llevo dentro y vuelvo al aula. El cerebro me flojea. "¿La hora?" "¿Qué hora es?" "¿Cuánto tiempo llevo aquí metido? Esto debe estar a punto de terminar." Meto prisa y logro llegar a las de imágenes. Tengo la lengua fuera. Quiero dormir, o por lo menos adoptar posturas que no sean factor de riesgo para desarrollar artrosis precoz. Tengo las piernas dormidas, el culo aplanado y la espalda escoliótica. "Llevo mucho tiempo aquí sentado, ¿Me estará dando un TEP?" "¡¡SIGUE, y deja de distraerte!!"
Imágenes, "¡Oh, qué bonito! ¿Qué es?" "No, no, lee la pregunta y no mires la imagen. Te han dicho que es muy posible que no la necesites para responder a la pregunta." "Uy, pues es verdad, esto parece que funciona". "¡Guala!¡Qué placa de cráneo bonita en la que se ve....Exactamente,¿Qué se ve?""! Ah sí, clarísimo, un implante coclear ahí en la esquina superior izquierda ¿Sí, no? Buengo venga, termina... que esto debe estar a punto de acabar"... BIEN! Última pregunta, un fondo de ojo... me siento como arrastrándome por el suelo cómo quien acaba de correr los 42 Km. de una maratón y está a punto de rozar la meta con la punta de los dedos. Acabo de pensarla y contesto. Vale, ahora solamente queda pasar las respuestas de éstas últimas a la plantilla "-¿Compañero, me dices la hora?" "-Las 19.45h." "¡¿CÓMO?!, ¿¿QUÉ LLEVO AQUÍ SOLAMENTE 3 HORAS Y 45 MINUTOS?? ¿ES QUE LA TIERRA HA DECIDIDO DEJAR DE ROTAR SOBRE SU EJE MIENTRAS YO ESTABA AQUÍ DENTRO?" Paso las respuestas rápido a la plantilla y me salgo. Necesito oxígeno o algo similar. Se ha acabado y he salido vivo, aunque con el cuerpo como si hubiese pasado por encima de mi alguna máquina de esas que tiran casas abajo. Mis más sinceras felicitaciones a mis nalgas y mi cerebro por el esfuerzo realizado.
Tras haber descansado toda la noche, me levanto y desayuno tranquilo. Antes de comer, decido arriesgarme a meter la plantilla en el Sitio del Alumno. "¡LA HOSTIA!" No esperaba que me hubiera ido así. No sé si está bien o mal, pero la verdad es que yo personalmente me lo esperaba muchísimo peor. Después de todo me quedo contento y desanso. Ahora solamente queda esperar que poco a poco, aprenda a dosificar mis esfuerzos y llegar al final del examen como una persona humana.
A.
1 de septiembre de 2013
El principio del "Los últimos"
Desde hace aproximadamente dieciocho años he estado pensado "otro verano más que se acaba, otro curso más que empieza". Recuerdo el verano que terminó para dar paso al colegio, y el que quedó atrás para empezar el instituto. También me acuerdo del verano que se terminaba para empezar la universidad, y de eso hace apenas cinco años. Como cada inicio de septiembre empiezo a experimentar esa sensación de nerviosismo por ver cómo empieza el curso, por reencontrarme con los compañeros que despedí en junio y por ver los cambios que depara este nuevo año. Pero esta vez es diferente.
Este año es El último. El último año que termina un verano en septiembre. El último año en el que dejo el no-hacer-nada para empezar la rutina académica. El último año en el que los primeros días de septiembre son para ver qué tal les ha ido a mis compañeros durante sus meses de vacaciones. El último año en el que disfrutaré de unas vacaciones tan largas como las que he tenido. Este año, es el último año que soy estudiante.
Este primer último no es más que el primero de muchos. Detrás llegará el último cuatrimestre de la facultad, el último día de rotaciones, el último día ver un paciente como no-médico, el último día de exámenes, el último día de pisar un hospital con la identificación de estudiante...
Sin embargo, no todo son finales. Este blog lo empecé para compartir la experiencia que supone preparar el examen MIR y contar día a día los pasos de la preparación. En octubre, empezaré la academia para preparar el examen, y con ello empezaré a cumplir el objetivo del blog. Pero mientras tanto y hasta entonces, permíteme que comparta la sensación de vértigo que produce el pensar que, en menos de nueve meses, seré médico.
Esto se acaba.
A.
Este año es El último. El último año que termina un verano en septiembre. El último año en el que dejo el no-hacer-nada para empezar la rutina académica. El último año en el que los primeros días de septiembre son para ver qué tal les ha ido a mis compañeros durante sus meses de vacaciones. El último año en el que disfrutaré de unas vacaciones tan largas como las que he tenido. Este año, es el último año que soy estudiante.
Este primer último no es más que el primero de muchos. Detrás llegará el último cuatrimestre de la facultad, el último día de rotaciones, el último día ver un paciente como no-médico, el último día de exámenes, el último día de pisar un hospital con la identificación de estudiante...
Sin embargo, no todo son finales. Este blog lo empecé para compartir la experiencia que supone preparar el examen MIR y contar día a día los pasos de la preparación. En octubre, empezaré la academia para preparar el examen, y con ello empezaré a cumplir el objetivo del blog. Pero mientras tanto y hasta entonces, permíteme que comparta la sensación de vértigo que produce el pensar que, en menos de nueve meses, seré médico.Esto se acaba.
A.
27 de junio de 2013
Una experiencia más
Y sin darme apenas cuenta, mañana acabo la rotación voluntaria en la UCI Pediátrica que he llevado a cabo durante este mes de junio. Como otros veranos atrás, salgo con el convencimiento de haber tomado la decisión correcta a la hora de elegir el servicio. No solo por el trato recibido por parte de todo el servicio, que ha sido inmejorable, sino por todo lo aprendido durante estas semanas, tanto en el ámbito científico como en el humano.
Durante este periodo me he cruzado con muchos pacientes, llegando a tener la UCI bloqueada en bastantes ocasiones, y todos ellos me han aportado algo nuevo y diferente a los anteriores. Desde los postoperatorios derivados para observación durante 24 horas, hasta los que llegaron antes que yo y a día de hoy siguen ingresados. Podría pasarme bastantes entradas hablando de cada uno de ellos, de sus patologías, de sus complicaciones, de sus tratamientos y recuperaciones, pero lo que más quiero destacar es la fuerza que me han demostrado estos pequeños héroes.
Durante el cuarto curso de la carrera entré en contacto con la Pediatría, y la verdad es que nunca pensé que me fuese a enamorar tanto de una especialidad que en un primer momento no me parecía nada atractiva. Poco a poco, y sobre todo después de las prácticas que hice en su momento, me fue gustando cada vez más, a pesar de lo tedioso que supone ponerse a estudiar esta asignatura durante la carrera. Lo que no sabía es que ese "poco a poco" y esos contactos esporádicos que tenía durante las guardias que he hecho durante quinto de carrera me llevarían a decidirme a rotar por un servicio que me aportase tanto como lo ha hecho la UCI Pediátrica.
He aprendido numerosas técnicas propias de la UCI y a hacer por primera vez una punción lumbar. He aprendido a medio-manejar un respirador para dar soporte con ventilación mecánica en diferentes modalidades. He aprendido a no rehuir del equilibrio ácido-base, llegando a parecerme entretenido el equilibrio hidroelectrolítico. He aprendido cómo hacer una primera valoración de un politraumatizado y el manejo paulatino de los pacientes oncológicos. Y todo ello, se lo debo a los adjuntos y residentes del servicio.
Pero todo esto no ha sido lo único que he aprendido. He aprendido a escuchar a pacientes que no son muy buenos comunicadores por la edad. He aprendido a calmar la ansiedad de un paciente que por su corta edad no es capaz de asimilar que unos tios con bata blanca estén a su alrededor, inspeccionando cada parte de su cuerpo. He aprendido a emocionarme con la mejoría de un paciente que tras varias complicaciones lograba salir del hoyo para terminar de curarse y he aprendido a sentir la tristeza por la pérdida de algunos de ellos. Y todo ello, gracias a los protagonistas de cada historia: Ellos.
Solamente puedo sacar cosas buenas de esta vivencia, y no puedo terminar de escribir sin recomendar a todo el mundo atravesar una experiencia similar. Mucha gente te dice siempre "No te involucres demasiado, porque te acaba pasando factura". Pues bien, yo a día de hoy, solamente puedo recomendar que uno se implique lo máximo posible en cada uno de los casos. No solo por el aprendizaje que ello supone, que también, sino porque la angustia y tristeza por la pérdida de un paciente queda contrarrestada por la satisfacción y alegría de recibir un "Gracias" cuando las cosas salen bien.
A.
7 de junio de 2013
Cuando la cura no es posible
Hoy, 7 de junio de 2013, he asistido a uno de los momento más duros de mi carrera hasta el momento. Hoy ha sido la primera vez que he estado presente mientras la vida de un enano se iba apagando poco a poco hasta que al final ha dejado de estar ahí. No ha sido el primer paciente que he visto morir, pero si ha sido el más duro hasta el momento.
Nunca me había parado a pensar en esto. Nunca había estado de pie, al lado de la familia, durante media hora. Sin hacer historias clínicas ni explorar a ningún paciente. Sin ver analíticas ni evolutivos ni llamar a rayos para pedir que hagan una prueba. Nunca había estado ahí, de pie, sin hablar con el paciente o su familia. Nunca había acompañado a alguien en el proceso de ver cómo la vida se iba apagando poco a poco, bajando las constantes en el monitor, hasta que todo acaba y puedes ver cómo el descanso por fin le ha llegado a ese pequeñajo de tan sólo 4 años con toda una historia de ingresos y sufrimiento a sus espaldas.
Nunca me había parado a pensar en esto. Nunca había estado de pie, al lado de la familia, durante media hora. Sin hacer historias clínicas ni explorar a ningún paciente. Sin ver analíticas ni evolutivos ni llamar a rayos para pedir que hagan una prueba. Nunca había estado ahí, de pie, sin hablar con el paciente o su familia. Nunca había acompañado a alguien en el proceso de ver cómo la vida se iba apagando poco a poco, bajando las constantes en el monitor, hasta que todo acaba y puedes ver cómo el descanso por fin le ha llegado a ese pequeñajo de tan sólo 4 años con toda una historia de ingresos y sufrimiento a sus espaldas.
No puedo decir que haya sido un día alegre, como imagino que entederás, pero lo que sí puedo decir es que ha sido un día de aprender cosas que no están en los grandes tratados de medicina. Ha sido el día de aprender el papel del médico cuando su principal función, el curar, no puede llevarse a cabo. No es un aprendizaje fácil, pero sí necesario. Ha sido el día de aprender a acompañar.
A.
A.
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